Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












domingo, 24 de mayo de 2020

El Charco


“Algún día en cualquier parte, 

en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo,

 y ésa, sólo ésa,  puede ser la más feliz o las más amarga de tus horas.”

«Pablo Neruda». 


El vapor que se desprendía del pavimento húmedo colmaba las fosas nasales de Frugal Efrén. Caminaba mortificado por una calle de Santa María Morena, mientras soñaba con Fidelina dibujada en los rosales que adornaban la vera de la acera. Consumido, con el pescuezo devorado por el cuello deshilvanado de la camisa, buscaba frenético la mejor manera para hacerse eterno en el sentir de ella, en lograr que el sueño nocturno se le desdibujase tan sutil como el suyo propio y se le inmortalizara así la divina melancolía de un amor truncado por una distancia insoportable y una comunicación intermitente. En la esquina, cansado de sentir el pecho apelmazado y con la nariz húmeda, derramaba su pasión en delicada letra palmer ante una hoja del libro mayor de contabilidad del granero de don Rubiel, mientras esperaba al esquelético autobús intermunicipal que lo llevaría. 


Querida Fidelina: 

He decidido arrancarme el corazón, sacarlo con suficiente maña y dejarlo al aire libre sobre una bandeja plástica para que tome el sol y se caliente, será en los días de luna nueva, cuando el gallo no cante y la tierra apenas haya dejado evaporar el rocío. En una maceta, de las viejas que tu madre ponía en la terraza de casa y que después usaba como semillero cuando la planta pedía más espacio, lo sembraré. He visto unos abonos magníficos en donde don Rubiel, estoy seguro de que con ellos pelechará. Lo dejaré retoñar, abrirse paso al cielo, buscar aire y vivir. Cada mañana lo regaré hasta que se haga evidente la vida. Pero no será para mi. Esa maceta que te envío con la presente, es para ti, para que la lleves a todos lados. Ves que es pequeña y no te causará ninguna molestia, porque la  podrás poner junto a tu almohada para dormir, o en el carro; o en la mochila… por si vas de excursión. Si te fijas detenidamente, si lo escuchas con atención, sabrás al instante qué pasa con mi sentir, apreciarás el valor desmesurado de la pasión e incluso podrás ver prosperar en los peores días, una flor unic…”    


El autobús ha pasado tan veloz y próximo a la acera como nunca lo había hecho por la deteriorada calle de la oficina de correos. Sin detenerse para recoger al escribiente, porque éste no levantó la mano, ni se percató de que el aparato se aproximaba zigzagueando raudo entre los baches. Quedó empapado y mudo con un sobre de carta con cierre humectante en el bolsillo. Pringado de pies a cabeza por el agua pantanosa que reposaba en el inmenso charco que tenia en frente, cuando se detuvo a escribir recostado contra el buzón, las ultimas líneas de una carta por desagravios. 

Entumecido, con el rostro y las manos enfangadas, pensaba fijamente en que a las mujeres se les templa el talante con el paso de los hombres que las han querido; y a su vez, la sensibilidad masculina está hecha de retazos que en diferentes momentos han dejado las mujeres que los han amado.

Sin afán ni felicidad, medio des acalambrado, Frugal Efrén hizo una señal con el brazo en alto y paró un taxi dispuesto a pagar la carrera con el dinerito previsto para el envío postal. Limpió el lodo del libro de contabilidad, arrancó la pagina, emburujó la hoja en el puño con la certeza de que ningún quitamanchas eliminaría aquel lamparón del corazón de Fidelina, y la tiró por la ventanilla.




domingo, 3 de mayo de 2020

La tía Vesania


"La vejez no mejora el corazón: lo endurece" 

«Conde de Chesterfield»


Cumplía siete años cuando durante las vacaciones largas del colegio, aprendí a patinar en la empinada calle donde vivía la tía Vesania. Tengo clara la tarde exacta en la que pude sostenerme sobre las ocho ruedas sin tambalearme, erguida y sin chapalear. Fue en el amplio patio trasero de cemento pulido de la casona de la tía, perfecto para deslizarse. 

Matilde, quítese esos patines hágame el favor, son de su primo Bernardito y usted sabe cómo se pone cuando le cogen las cosas me dijo en su tono marcial habitual. 

Pero tía, es solo un momento. Vengo ensayando en el colegio con unos patines prestados y ya consigo ponerme recta sin agarrarme. Además, el no los usa desde hace mucho tiempo.

  No le repito más, quítese los patines del niño. ¡Me va a rayar el piso! 

Pero si estoy en el patio… y es de cemento. 

Entrar en razón con la tía Vesania era en general una tarea complicada, pero tratándose de asuntos de limpieza y orden, imposible. La casa en su interior era ultra brillante. Un caserón en medio de un vecindario de clase obrera levantado a pulso, que marcaba la frontera entre las familias supervivientes y las emergentes. Ella hacia parte de las primeras, pero se empeñaba en ser de las segundas y trabajaba como loca embelleciendo su casa con la ilusión de poder morirse respetada y digna. 

En calcetines y con los patines en la mano, me deslice sobre el suelo de madera encerada simulando patinar mientras mi tía se dirigió hacia la cocina muy erguida y barriendo lo que yo consideraba polvo imaginario. Libre el camino, abrí la puerta de la calle, me senté en el quicio, anudé de nuevo los patines y zas, como un rayo hacia abajo. 

¡Aaaaah..! 

Al instante me percaté de que ponerse en pie sobre las ruedas no era patinar. Con una ligera sensación de vértigo y la frescura de la aceleración en la cara, me di cuenta de que aquello sí lo era, o por lo menos se parecía más a lo que había visto en el colegio. De brazos abiertos y sin asidero posible, tomé velocidad en la pendiente, logré esquivar algunos baches y unas raíces de un carbonero que sobresalían entre las juntas de la acera. Las piernas me cimbraban por la rugosidad del cemento y la emoción. Bajé gritando para que las personas se apartaran, aunque alguno debió pensar que era por miedo, pero yo de eso no sufría. Hasta que al final de la calle, después de que se terminara la acera, salté el bordillo, crucé el callejón en frente del potrero y me estampillé contra el contenedor de basuras de la esquina. 

Quedé extendida cual larga era en el prado. Y a pesar de que el tortazo me dejó retumbando la cabeza, no pude contener la emoción y se me escapó un bufido de victoriosa supervivencia: 

¡Waaau..! 

Aunque se me habían roto los volantes de la falda, no me molestó mucho porque desde siempre había odiado los vestidos de muñeca que me ponían cuando venía de visita, sin importar que me quejara pidiendo unos pantalones cortos que nunca me compraron para no parecer machorra. Me raspé las rodillas y una llanta del patín derecho había desaparecido. La tía me va matar pensé, y ni hablar de mi madre cuando se entere, ella que tanto aboga porque debo ser más femenina, menos brusca.

  Cuando recuperé el aliento, subí a casa con lo que quedaba de los patines en una mano y repasándome la humanidad, mientras fracasaba inventándome alguna buena excusa para salvar el pescuezo y evitar una cantaleta de dos días. 

Con el corazón henchido de alegría contenida tras recorrer mis primeros cien metros patinando, entré en la sala descalza y cabizbaja, simulando un arrepentimiento que no sentía. Me declaré culpable.

  Bernardito, niño, tengo una mala noticia que darte. La nena ha roto tus patines la tía hizo una pausa forzada, tomó aire y negó con la cabeza en un leve movimiento casi imperceptible. Pero no te preocupes, ya me encargaré yo de que tengas unos nuevos. Hablaré con su mamá y… terminó la frase con la boca muy próxima al pabellón auditivo, susurrándole algo imperceptible y con la mirada de soslayo fija en mi falda desgarrada. 

Mi primo se desesperaba siempre que ella le cuchicheaba al oído. Le hacía sentirse conspirador de algo, decía. Entonces lo vi contestar alejándose un paso y rascándose la oreja. 

¡Por dios, Mamá! Matilde no tiene que pagarme nada, y ella es una niña muy limpia hizo un resignado silencio, abrazó a su madre y continuó. Los patines no me quedan hace mucho tiempo, vieja, ya tengo cincuenta y dos años, ¿recuerda? 

Por supuesto que lo recuerdo, mi niño y se escapó del abrazo, se secó una lagrima escurrida y sacó mertiolate para curarme las heridas. Esparció el medicamento con una gasa y el ardor me hizo tensar los músculos de las piernas. Ni siquiera me sopló las rozaduras. 

Te prometo unos patines nuevos, Bernardito. Un accidente lo tiene cualesquiera dijo en voz alta cuando terminó de hacerme la curación. Luego finalizó la frase con una sonrisa solapada de ojos apagados … y otra falda de volantes para ti. 




martes, 12 de junio de 2018

Vallas donde vayas


"Lo que se considera ceguera del destino, 

es en realidad miopía propia."

«William Faulkner».


Trabajar instalado vallas y avisos publicitarios era un oficio que Miyer desempeñaba con gusto y convicción. La labor le exigía absoluta concentración porque requería realizar ajustes milimétricos colgando a grandes alturas. Cuando se paraba en frente de la estructura que soportaría el anuncio, la miraba con respeto y reconocía en ella el poder de una imagen gigantesca. En su más profundo fuero interno, se sentía más artista que los diseñadores de la publicidad, él era quién hacía posible la imagen a los ojos de todos. Concebía cada valla cuál cúpula de la Capilla Sixtina, y su trabajo, el de un Miguel Ángel popular y moderno que afinaba recuadros de imágenes pre impresas como un enorme fresco al aire libre. 

De una caja de cartón sacaba una pila de piezas numeradas que debía armar como un gran rompecabezas. Para ensamblarlas, debía de hacer casar unas minúsculas ranuras con los salientes de las piezas que le rodeaban. Recibía el material dispuesto para instalarlo en columnas verticales y no era hasta el final, unas dos horas y media después de haber empezado, que podía ver la imagen que habían preparado los publicistas y a las que él daba el toque definitivo. 

A Bárbara se le conocía por tener una belleza incomoda. En la medida de sus posibilidades y ambiciones, pensaba que mantener las formas era necesario y una norma inquebrantable para alcanzar lo que quería. Cuando llegó a la sala del centro de convenciones usando un vestido de noche liso, cinco minutos tarde  porque la puntualidad no era uno de sus fuertes, y se detuvo en lo alto de las escalas, sola, todo el salón entró en silencio. La primera mujer que la vio, miró al instante  los ojos de su marido. Otra, sin pensarlo mucho y con sutileza, soltó su copa y agarró el brazo de su acompañante. Una más se desplazo e hizo girar a su chico para que diera la espalda a las escalas de la entrada. Un desasosegado silencio se apoderó del salón.

Miyer había sido invitado por Bárbara para que la acompañara al coctel de celebración del partido político en el que militaba, pero para él la política era un mundo desleal y de rateros que no merecía su atención ni su tiempo. Prefirió entonces aceptar un último trabajo aquella tarde y ocuparse unas horas extras de más. Recibió el encargo para instalar una valla gigante y verificó la ubicación. Se alegró al percatarse de que era cerca de su casa, en el terrado del edificio de enfrente, donde desde hace dos años anunciaban una bebida gaseosa que veía cada mañana desde la ducha de su apartamento. Le ilusionaba tener una imagen nueva, con algo de suerte quizás, una de la última temporada de Victoria Secret. 

La presencia de Bárbara entumeció el lugar. Solamente el anfitrión, viudo, se acercó a ella sonriendo y la saludo afectuoso. Celebraba el triunfo aplastante de su campaña política para alcalde de la ciudad. Las mujeres de sociedad lo definían como un hombre maduro, interesante y muy rico. 

Sí hay algo que tengo claro desde que era un estudiante de derecho, es que la belleza de una mujer siempre otorga un estatus adicional al poder susurró en el oído de Bárbara el nuevo alcalde de la ciudad mientras la besaba cortésmente en la mejilla. 

Ella, sin pretenderlo ni hacerse de rogar, desde aquella noche asumiría un nuevo rol en el partido. Rápidamente, sería primera dama de la ciudad.

Miyer tardó más de lo acostumbrado con la instalación y terminó cuando ya era oscuro. Algo no encajaba. Le costó colocar la última pieza de aquel rompecabezas gigante. Con el último martillazo, recibió una llamada en su celular. Era Bárbara que, sin dar explicaciones, le dijo que no llegaría para ir al cine.

A la mañana siguiente mientras se duchaba, Miyer veía la imagen que le acompañaría durante los próximos cuatro años. En la valla de ocho metros por tres, un hombre trajeado con el dedo pulgar en alto, la bandera de la ciudad cruzándole el pecho y una sonrisa muy blanca, decía en una frase: “Gracias a Ti.” 



sábado, 17 de marzo de 2018

Durante las noches, en Isla Grande, ellas tienen el poder


"Solo hay una raza: la humanidad". 
« George Edward Moore»

    

     ⎯¿Y esa música?

   ⎯¡Es la Espelucá! ⎯contestó la negra con una sonrisa pintada en la cara refiriéndose a una champeta que resuena hace un par de años en las emisoras locales

    ¿Donde suena? ⎯le pregunté aguzando un poco el oído hacia ningún lugar en especial del continente.

      ⎯Es el Tomás, de Barú. Los lunes por la tarde se faja tremenda parranda con el picó de la disco y aprovecha para hacerse oír desde aquí. Es como una competencia que tenemos. Esta noche le contestaremos desde El Poblado aprovechando que hoy hay buena brisa ⎯dijo Bernarda conocedora de su medio y cargada con uno de sus pelaos mientras esperaba la plata que el Mañe le daría cuando terminara de vender la ultima mariamulata a un gringo encorvado y oloroso que pernoctaba en el hotel de Isla Pirata⎯. Aguardaba sentada, sin prisa, para después ir comprar el arroz para la comida. 

          A mí la sola idea de asistir a una competición “Continente - Islas del Rosario”, disputada a punta de parlantes caribeños y que los competidores fueran las dos discotecas de cada pueblo, como si de dos vecinos hinchas de equipos contrarios se tratara, me sublevó la curiosidad. En general porque adoro la fiesta caribe y en especial por la lejanía de los oponentes, pues durante algunas mañanas brumosas ni siquiera se alcanza divisar el litoral desde las islas. Hay mucha agua entre ellos.

El picó es una pared completa de altavoces que animan la noche del caserío. Dos juegos de luces multicolores acompañan a un DJ y a un cantante, animador y comentarista de la noche. “La plata viene y va, güeon” repite al micro mientras las champetas se entrecortan sin pasar una pista completa. Grupos de chicas bailan entre ellas, adolescentes cimarronas de caras redondeadas, generosas en carnes, curvas y coquetería tropical. Las caderas son una porción independiente de sus cuerpos y un ritmo del diablo las hace bellas, a pesar de que en la negrura de la noche apenas se distingan sus rasgos. Como en un chiste de mal gusto racista, relucen amplias franjas de dientes que reflejan la luz negra que cuelga en el centro de la pista. Del resto de sus humanidades se intuye voluptuosidad. Claramente, la armonía de las facciones de aquí no son las armonías de mi tierra mestiza. Adoro esto de Colombia. Me hice una selfie y mis dientes también alumbran, pero menos, lastimosamente.

Anuncian un cumpleaños el martes, sancocho incluido. El cantante se empeña en repetir que la temporada no ha acabado a pesar del febrero que llega y de que no hay un solo turista en la pista. Grita y haciendo una complacencia a una chica que le pide una canción en especial, se manda un reguetón poderoso.

Tres chicas, pesos pesados de la noche, flirtean, bailan y se acercan sin timidez pero con maña y nunca del todo. Estimulante verlas. El Poblado, ya lo intuía, me encanta.

Es una noche bastante pubescente. Los muchachos por un lado y las chicas por otro. Solo parejas eventuales se exhiben durante medio tema para disgregarse otra vez en sus correspondientes grupos, tras dejar a su paso un amasijo apasionado digno de admiración y ritmo.

Llegar aquí, sin duda, por la hora en que decidí venir desde el muelle, por no contar con una linterna, un mapa y, en especial, por desconocer la ruta que cruza un bosque de manglar y palma, ha sido todo una aventura para el miserable citadino en el que me ido convirtiendo en Barcelona. La noche y dos cervezas me recuerdan el animalito que soy y de donde vengo. Aunque, sinceramente, me siento mas seguro aquí, en medio de esta fiesta palenquera nativa, que en ningún otro lugar del mundo.

La chica que bailaba enfrente mío se ha acercado a la barra. Es una mujer moldeada en alquitrán, sudorosa porque desde que llegué sus nalgonas no han dado tregua y el calor húmedo no perdona ni al nativo.

Me encantaría que una de estas bellas me invitara a bailar… pero es tan improbable como que yo las invite a ellas. He bailado champeta en la fiesta de fin de año, o por lo menos lo he intentado. Pero esta noche el temor escénico me ha invadido tal vez porque que no hubiese ningún turista, por el grado de embriaguez de los bailadores, o tal vez porque verlos es mas placentero que intentar movimientos imposibles. No hay ni una silla. Vuelvo a sentarme en mi muro de observador.

Hay cambio de cantante, es  más de media noche y un man redondo manda a los calorosos para una piscina imaginaria. El agua dulce en Isla Grande es bitcoin puro. Mientras, tres niñas que no superan los nueve años deambulan y toman el corazón de la pista, pero parece que a ningún adulto le interesa en absoluto su presencia.

El bar vende cervezas a destajo. Costeñita de 200cc y águila en lata. Todos bebemos, menos los niños.

La noche explota, sin una señal, sin una champeta particular, sin una orden, nada. De repente y en un instante los grupos se deshacen. Se mezclan. Y unos segundos mas tarde el golpe de la onda de sonido impacta contra el cuerpo y hace reverberar la caja torácica . Claro, a esta intensidad tienen que escucharlos en Barú y hasta en el Canal del Dique.

Ellas se los bailan. Ellos, como atrapados por un hechizo de profunda humildad, se someten a cuerpos desarticulados y caderas destructoras que, repletas de hormonas y sensualidad, les otorgan roces y contorsiones de las que cualquiera, sin taras de color ni ritmo, desearía ser objeto.

Frenesí champetú. 

La fiesta se alarga mas allá de mi aguante y me retiro con la cabeza atarantada. Deshago mis pasos. Al regresar desde El Polado me percato de que el bosque de manglar y palma no era tan espeso, que nadie necesitaría un mapa para llegar allí porque a pesar de llamarse Isla Grande es una isla pequeña y que la luna ilumina mejor de lo que alumbraría cualquier linterna.

Quisiera verlos mañana. A ellos resacosos y deshidratados pero satisfechos por haberse hecho oír hasta en Barú y a ellas cargando al menos uno de sus obligados tres hijos, reiniciando la sumisión diurna de mujer isleña a la espera de que vuelva a caer la tarde para retomar el mando ancestral femenino de la noche, en la que el rito, el ritmo y la sensualidad les devuelven el poder.  

        


sábado, 14 de enero de 2017

El rencor de Juano


"El rencor es la sumatoria de la frustración humana". 

« J.G. Moore»


Mi nombre es Juan, mido setenta y ocho centímetros de estatura y mis amigos me llaman Juano, Juano el Enano.

Durante los últimos meses en el circo la atmósfera se ha venido caldeando. Cada vez que el engreído Goliat pasa haciendo alarde de ser el hombre mas fuerte del planeta, a mi se me encoge una tripa y no puedo dejar de maldecir el desdichado momento en que entró a formar parte de nuestro elenco. Es un gigantón barbudo e inescrupuloso que cree tener a todas las chicas rendidas a sus pies  y merecer más que el resto de los mortales. 

Lo primero que me pasó con Goliat fue lo de la trapecista. Ella y yo llevábamos saliendo más de dos meses, un poco a hurtadillas para no levantar aspavientos, un poco a escondidas para animar a la lascivia natural de la clandestinidad. Mariona parecía quererme sin complejos ni prejuicios. Entiendo que para una mujer hermosa como ella, salir con el enano del circo no fuera lo mas propio, sin embargo no parecía causarle esfuerzo alguno. Así compartíamos, furtiva y vívidamente nuestro affaire circense, hasta que él, con su camiseta de mangas apretadas y esa barba espesa que dice llevar para verse mas varonil aunque yo sé que se la deja para tapar las huellas del acné pustuloso que padeció en su juventud, decidió dar el zarpazo. Y justo en mi día de descanso, a la vil traición, la invitó a cenar, la engatusó y se la quedó sin siquiera ruborizarse. Goliat es un gigante entelerido y desleal al que le es imposible estar a la altura de las circunstancias.

Es que el mero hecho de pensar en él, hace que me hierva la sangre: Cada día, en la reunión matinal, se queda con el sandwich mas grande del bufé, habla a voz en grito y con la boca llena, corta las conversaciones ajenas y suele babear cuando ríe los estúpidos chascarrillos de mal gusto que el mismo hace sobre mi frente ancha y mis dedos morcillones.

Pero lo ultimo ya ha sido demasiado. La mujer bala, que también es la directora de actos, había decidido que fuera mi presentación la que abriera el espectáculo y así tener el honor de dar inicio a la función. Pero de nuevo, Goliat, con su pantalón azul brillante y ese cinturón ancho de piel sintética que le contiene tres hernias inguinales, valiéndose de sucias artimañas de galantería barata, logró que su show fuese cambiado por el mío convirtiéndose en el telonero de la sesión de matiné.

Estoy seguro que ese maldito embustero tan forzudo no es. En el circo todo el mundo sabe que el elefante que levanta, en el espectáculo del hombre mas fuerte del mundo, es anoréxico y sufre osteoporosis. 

Ahora veremos que pasa con el necio gigantón cuando se entere de que esta noche salgo a cenar con una dama. Lo estaré observando.

Que sepa, yo perdono pero no olvido.

No quiero que nada perturbe mi velada con la mujer barbuda.




      

miércoles, 11 de febrero de 2015

Homosessual, o la terrible y breve historia del hombre más malo del mundo que un día no pudo serlo


"La maldad no tiene por fin esencialmente el sufrimiento del otro, 

sino su propio gozo, bajo la forma, por ejemplo, 

de un sentimiento de venganza 

o de una fuerte excitación nerviosa" 

« Nietzsche»

          

El burro de Jacinto entró al pueblo a paso trotón y con su propietario erguido en la montura, atado de las manos al cabezal de la silla, los pies en los estribos ajustados con pretinas y el sombrero tapando el muñón del cuello que dejaba la falta de la cabeza.

Era el quinto decapitado del mes. Siempre aparecían de forma espeluznante en el pueblo y sin falta, todos llevaban una nota que explicaba la razón de su muerte, en cuatro de ellos la nota decía: Por Maricón. Y en el quinto: Por Bisexual.

¡Otro homossesual que matan en el pueblo!

Pero esto es de locos, papá. Ya son cinco este mes. Y la policía de la vereda no dice nada, no hay sospechas y cada vez los muertos son más. Y se dice homosexual, papá –corrigió Danilo a Don Mariano con cierto retintín en el tono.

Lo capturaremos, hijo. Pero eso es lo que se merecen esos degenerados del demonio por cochinos. ¡Y no me corrija, que yo hablo como me da la gana!

Mariano, alcalde y alguacil de Santa María Morena, era un hombre recio, corto en educación, excampesino, exsoldado, expolicía y exconcejal del partido de la trinidad. Padre de un adolescente al que obligaba a cumplir como monaguillo los domingos en la iglesia de la catedral y que criaba solo debido a una viudez prematura. 

¡Ay, papá! Siempre es igual contigo, pobre gente. Entonces, ¿qué harás esta noche?

Saldré a investigar un poco, pasaré por los alrededores a ver si encuentro indicios de los decapitados en los cafetales de la loma

Bien. Yo iré a visitar a Manuela y a limpiar la sacristía, así no tendré tanto trabajo mañana domingo y podremos desayunar en casa de la abuela. Puede que hoy llegue tarde dijo Danilo al despedirse.

En la periferia, la zona de tolerancia de Santa María Morena la formaba una calle larga, repleta de cantinas y casas de lenocinio, donde los arrieros dejaban las ganancias obtenidas en sus correrías a cambio de amores de paso. Lugar de peleas frecuentes sin consecuencia, era el antro perfecto para malandrines de poca monta y despechados de toda índole. Allí llego Mariano, de paisano y caminando despacio.

Sara, la proxeneta del Gran Sodoma, entregaba en la puerta de su establecimiento máscaras para que los invitados se distendieran de las angustias de la identidad y dependiendo de los gustos y vicios, les  indicaba lo más acorde a sus necesidades de divertimento. La sala “Aquí te pillo” estaba a reventar. Mariano entró, se regodeó en los placeres de la lubricidad y la carne sin el suficiente brío para fornicar con un adolescente que lo abordaba con abierto interés. Aturdido por la frustración, se retiró a un rincón y eligió entre los asistentes a su siguiente objetivo: el delgado de la peluca blanca y las plataformas de corcho. Le esperó a que saliera en las caballerizas del burdel donde lo abordó. Rebasado por la lujuria, su monstruo tomó el control y poseyó en reversa al joven debilucho. Envión tras envión su excitación fue en incremento, y en el momento culmen, blandió en el aire el afilado machete que le daría de un tajo el anhelado éxtasis final.

Cochino homosessual, te voy a matar.

¿Homosessual? ¿Papá?





viernes, 21 de febrero de 2014

Prostatectomía


"Anatomia senil de una pasión".

       

Nunca consideré que a mis sesenta y siete años la próstata se inflamaría tanto, que comprimiría la uretra y no me permitiría orinar. No me pasaba por la cabeza alguna idea diferente a la terrible humillación anual del chequeo médico y tampoco me plantee que llegar a perder la próstata me representaría enfrentarme a una nueva forma de sentir.

La mañana de la gran retención, terminó con una visita urgente a la Clínica del Bendito Reparo, en donde sin mucha fanfarria una enfermera diligente, me había instalado una sonda hasta la vejiga sin anestesia, porque las prisas y el presupuesto estatal no lo permitían. Y en menos de cinco minutos y tras unos cuantos sollozos, me transformé en un impecable hombre elefante con trompa de goma quirúrgica y en un ser leve al que le habían evacuado más de un litro de pis. Una vez superado el repelús del vaciado, de nuevo las entendederas volvían a ser mías. Escuché taciturno a la asistente que me explicó cómo debería administrar la incómoda manguera, que durante las próximas tres semanas sería mi nueva herramienta con la que realizaría el acto de micción. 

Compartía mi entrada en la vejez con una joven y bella estudiante de teatro, que durante una tarde de abril, había conocido en el estreno de su primer recital y que en una noche de junio, se había convertido en mi pareja de amores previos a la ancianidad.

De todo este extraño malestar me queda saber que Magnolia se siente más liviana ahora. Ha dejado por fin las pastillas anticonceptivas y así las manchas en el rostro y el descontrol en el peso, es solo un recuerdo de incomodidades pasadas. Siempre discutimos sobre su uso, pero ella nunca creyó de verdad en la castración a la que me había sometido, para liberarla de la angustia de tener un hijo tarado por culpa de alguno de mis espermatozoides decrépitos. Le aterraba me decía, quedar embarazada de un bebé que sufriera malformaciones y que por ello, la vida se nos fuera al carajo a tres almas inocentes.

Ella, ahora más tranquila y sonriente me recibe con cara de ilusión. Ya no piensa en mis meadas reprimidas y suele verse relajada centrando su atención en una sexualidad más fluida.

Hoy, meo. No me muero de cáncer, mi niña está rozagante y yo, con la ayuda de algunos medicamentos, me puedo dedicar a mis viejos vicios húmedos. Aunque si he de ser sincero, algo funciona diferente. Una extraña sensación me embarga el alma cada vez que al finalizar los fulgores del amor, estoy seco. Ahora, al parecer, me vengo para adentro.