Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












sábado, 17 de marzo de 2018

Durante las noches, en Isla Grande, ellas tienen el poder


"Solo hay una raza: la humanidad". 
« George Edward Moore»

    

     ⎯¿Y esa música?

   ⎯¡Es la Espelucá! ⎯contestó la negra con una sonrisa pintada en la cara refiriéndose a una champeta que resuena hace un par de años en las emisoras locales

    ¿Donde suena? ⎯le pregunté aguzando un poco el oído hacia ningún lugar en especial del continente.

      ⎯Es el Tomás, de Barú. Los lunes por la tarde se faja tremenda parranda con el picó de la disco y aprovecha para hacerse oír desde aquí. Es como una competencia que tenemos. Esta noche le contestaremos desde El Poblado aprovechando que hoy hay buena brisa ⎯dijo Bernarda conocedora de su medio y cargada con uno de sus pelaos mientras esperaba la plata que el Mañe le daría cuando terminara de vender la ultima mariamulata a un gringo encorvado y oloroso que pernoctaba en el hotel de Isla Pirata⎯. Aguardaba sentada, sin prisa, para después ir comprar el arroz para la comida. 

          A mí la sola idea de asistir a una competición “Continente - Islas del Rosario”, disputada a punta de parlantes caribeños y que los competidores fueran las dos discotecas de cada pueblo, como si de dos vecinos hinchas de equipos contrarios se tratara, me sublevó la curiosidad. En general porque adoro la fiesta caribe y en especial por la lejanía de los oponentes, pues durante algunas mañanas brumosas ni siquiera se alcanza divisar el litoral desde las islas. Hay mucha agua entre ellos.

El picó es una pared completa de altavoces que animan la noche del caserío. Dos juegos de luces multicolores acompañan a un DJ y a un cantante, animador y comentarista de la noche. “La plata viene y va, güeon” repite al micro mientras las champetas se entrecortan sin pasar una pista completa. Grupos de chicas bailan entre ellas, adolescentes cimarronas de caras redondeadas, generosas en carnes, curvas y coquetería tropical. Las caderas son una porción independiente de sus cuerpos y un ritmo del diablo las hace bellas, a pesar de que en la negrura de la noche apenas se distingan sus rasgos. Como en un chiste de mal gusto racista, relucen amplias franjas de dientes que reflejan la luz negra que cuelga en el centro de la pista. Del resto de sus humanidades se intuye voluptuosidad. Claramente, la armonía de las facciones de aquí no son las armonías de mi tierra mestiza. Adoro esto de Colombia. Me hice una selfie y mis dientes también alumbran, pero menos, lastimosamente.

Anuncian un cumpleaños el martes, sancocho incluido. El cantante se empeña en repetir que la temporada no ha acabado a pesar del febrero que llega y de que no hay un solo turista en la pista. Grita y haciendo una complacencia a una chica que le pide una canción en especial, se manda un reguetón poderoso.

Tres chicas, pesos pesados de la noche, flirtean, bailan y se acercan sin timidez pero con maña y nunca del todo. Estimulante verlas. El Poblado, ya lo intuía, me encanta.

Es una noche bastante pubescente. Los muchachos por un lado y las chicas por otro. Solo parejas eventuales se exhiben durante medio tema para disgregarse otra vez en sus correspondientes grupos, tras dejar a su paso un amasijo apasionado digno de admiración y ritmo.

Llegar aquí, sin duda, por la hora en que decidí venir desde el muelle, por no contar con una linterna, un mapa y, en especial, por desconocer la ruta que cruza un bosque de manglar y palma, ha sido todo una aventura para el miserable citadino en el que me ido convirtiendo en Barcelona. La noche y dos cervezas me recuerdan el animalito que soy y de donde vengo. Aunque, sinceramente, me siento mas seguro aquí, en medio de esta fiesta palenquera nativa, que en ningún otro lugar del mundo.

La chica que bailaba enfrente mío se ha acercado a la barra. Es una mujer moldeada en alquitrán, sudorosa porque desde que llegué sus nalgonas no han dado tregua y el calor húmedo no perdona ni al nativo.

Me encantaría que una de estas bellas me invitara a bailar… pero es tan improbable como que yo las invite a ellas. He bailado champeta en la fiesta de fin de año, o por lo menos lo he intentado. Pero esta noche el temor escénico me ha invadido tal vez porque que no hubiese ningún turista, por el grado de embriaguez de los bailadores, o tal vez porque verlos es mas placentero que intentar movimientos imposibles. No hay ni una silla. Vuelvo a sentarme en mi muro de observador.

Hay cambio de cantante, es  más de media noche y un man redondo manda a los calorosos para una piscina imaginaria. El agua dulce en Isla Grande es bitcoin puro. Mientras, tres niñas que no superan los nueve años deambulan y toman el corazón de la pista, pero parece que a ningún adulto le interesa en absoluto su presencia.

El bar vende cervezas a destajo. Costeñita de 200cc y águila en lata. Todos bebemos, menos los niños.

La noche explota, sin una señal, sin una champeta particular, sin una orden, nada. De repente y en un instante los grupos se deshacen. Se mezclan. Y unos segundos mas tarde el golpe de la onda de sonido impacta contra el cuerpo y hace reverberar la caja torácica . Claro, a esta intensidad tienen que escucharlos en Barú y hasta en el Canal del Dique.

Ellas se los bailan. Ellos, como atrapados por un hechizo de profunda humildad, se someten a cuerpos desarticulados y caderas destructoras que, repletas de hormonas y sensualidad, les otorgan roces y contorsiones de las que cualquiera, sin taras de color ni ritmo, desearía ser objeto.

Frenesí champetú. 

La fiesta se alarga mas allá de mi aguante y me retiro con la cabeza atarantada. Deshago mis pasos. Al regresar desde El Polado me percato de que el bosque de manglar y palma no era tan espeso, que nadie necesitaría un mapa para llegar allí porque a pesar de llamarse Isla Grande es una isla pequeña y que la luna ilumina mejor de lo que alumbraría cualquier linterna.

Quisiera verlos mañana. A ellos resacosos y deshidratados pero satisfechos por haberse hecho oír hasta en Barú y a ellas cargando al menos uno de sus obligados tres hijos, reiniciando la sumisión diurna de mujer isleña a la espera de que vuelva a caer la tarde para retomar el mando ancestral femenino de la noche, en la que el rito, el ritmo y la sensualidad les devuelven el poder.