Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












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domingo, 8 de octubre de 2023

Flojera



El Doctor Alemany se despertó esa mañana con la sensación de que se le iba a caer un diente.

Recostado en el catre de cobre, pasó la punta de la lengua barriendo la dentadura de atrás hacia adelante hasta que se detuvo en un canino que apenas se balanceaba. No pudo evitar imaginarse por completo desdentado y envejecido. Cincuenta y dos años no es edad para llevar prótesis dental, pensó, en especial si se tiene la boca amplia y se es dentista. Aquel día se levantó taciturno, desalentado. Frente al espejo abrió la boca y reparó en la glotis colorada por la irritación del alcohol que había bebido con Nuria la noche anterior. El colmillo, aunque opaco no tenía mal aspecto. Apretó la mordida y esperó alguna señal de dolor, pero lo único que notó fue un leve desplazamiento del diente que comprimía el primer molar. Se le hacía tarde, a la barba de cuatro días no le caería mal un quinto. Tomó una ducha rápida y salió sin desayunar.

Esperó el autobús en la estación de Horta. Subió y se sentó junto a un hombre pánfilo que masticaba un gajo de una mandarina a medio pelar. Cerró los ojos y el olor cítrico lo envió en el tiempo al patio central del edificio de l´Eixample en donde vivieron los abuelos tras la postguerra. Se sumergió en el recuerdo. Cuando los abrió, divisó el teleférico que colgaba desgonzado entre las torres del puerto como la sonrisa de un pobre diablo desportillado y sintió un escalofrío que le sacudió la quijada. En la estación del museo bajó apurado. Entró al estanco a comprar cigarrillos. Ella estaba ahí, al parecer, la noche y las ginebras con tónica le sentaban mejor que a él. La saludó sin sonreír y salió de prisa. Subió en el ascensor hasta la quinta planta pensando que Laia no lo querría desdentado. El paciente lo estaba esperando. Siento llegar tarde, Manuel, es que tengo el coche en el mecánico y no domino viajar en transporte público, mintió con desgano.

Mientras Manuel le exponía por cuarta vez su problema de halitosis y los motivos ecológicos, orgánicos y ambientales por los cuales no utilizaba crema dental ni enjuague bucal, el dentista lo escuchaba en la lejanía, acongojado, perdido a través de la ventana con la vista fija en una farola que reflejaba, en miniatura e invertida, la imagen del Tibidabo. Algo en el oscilar del diente lo conmovía.

Pasado el medio día fue a comer al bar de siempre: Sopa y pan blando, pidió al camarero. Mientras esperaba, llamó a su madre y le dijo que esa tarde iría a visitarla.

Tomaron café sentados en la cama de ella, con las viejas fotos de la casa de los abuelos extendidas. En una de ellas, papá Galdric sonreía a sus setenta y nueve años con la dentadura completa. Capituló. Decidió volver a casa caminando. Bajó por la Rambla y en el kiosco de las flores, frente a la Boquería, la hija de la dependienta, con la pianola incompleta de dientes de leche, le sonrió.

⎯ ¿Una rosa para su esposa, señor? 

Le compró el manojo entero sin musitar palabra ni quitar la vista de la boca pueril y mellada de la absurda vendedora de rosas.

Vio venir el autobús de la ruta 45. Escribía una nota en el teléfono que decía: Enamorarse es un acto de generosidad con uno mismo. Conducía una morena y corrió al paradero. Es permitir que una pulsión inestable se libere y, con ella, una descarga de emoción. Levantó la mano en la parada y subió. Amar no es a razón del otro, es una sensación que envuelve en ella toda la intimidad del universo singular. Le extendió el manojo de flores a la conductora. No es el amor el misterio en sí mismo, porqué aunque no lo comprendemos, lo sentimos. Laia le correspondió con los ojos muy abiertos y la boca prieta, tenemos que hablar, le dijo. Así que se sueltan las riendas y el corazón galopa. Alemany reculó, entonces Laia tomó el ramo y sin conseguir contenerse, se le dibujó una sonrisa impecable pero avergonzada, le faltaba el primer molar. 

Cenó en casa otra sopa tibia y pan remojado mientras revisaba la nota que había escrito con la incertidumbre en el estomago de por qué, a un profesional como él, le pasan esas cosas. Masticó despacio y al tragar, concluyó que esta duda nunca viene antes del enamoramiento y jamás existiría sin rendirse en los afectos frente a ella. Cerró los ojos y empezó a canturrear, supo que navegaba a la deriva. Una flojera infame lo embargó y relajó la mordida. El diente aun le hacía compañía.





jueves, 19 de enero de 2023

Juan Pez


"El amor es el espacio y el tiempo 

medidos por el corazón."

«Marcel Proust».


Juan Pez nació con branquias. Creció en barlovento de Isla Grande y se enamoró de la Mayte a los cuatro años sin importar que la mujer lo aventajara en el vivir por cuarenta y dos. A sus siete entendió que los prejuicios del amor solo se resolvían con dinero y desde entonces el galeón hundido de Isla Tesoro se le convirtió en una obsesión. En las mañanas, después de llegar con una canoa a reventar de pargos y jureles, acompañado por tres bogas colorados por el sol, se sentaba en la punta de una roca y se perdía por horas divisando el perfil llano del archipiélago con el caribe al fondo, mientras soñaba con el ajuar de joyería perlada con el cual pensaba ganar los amores de su adorada Mayte.

El día que decidió explicarle a su profesora que sufría de unos retortijones espantosos, sudoración y un hambre de galgo que solo se saciaba cuando la veía entrar a clase, ella ⎯caribeña de nacimiento, congoleña de cepa y siempre vestida en faldas de lino blanco⎯, le respondió con una palmadita en el hombro que probablemente todo aquello fuera un paludismo en ciernes o en el peor de los casos un brote de dengue leve, a lo cual él respondió con una madurez impropia para su edad que todos esos achaques solo podían conrresponderse con un mal de amores enquistado, y que si no conseguía saciarlos en su compañía y para toda vida, a él solo le quedaría arrancarse los ojos y aventarse desde el espolón más largo de la isla durante un día de mar de leva. 

Mayte, atípica en la misericordia por oficio, le regaló una sonrisa de tierna compasión y le dijo al niño que el abismo que los separaba era tan grande como cuarenta vueltas al sol, y que debido a ello no solo parecería ser su madre sino su abuela, y que de llegar a casarse por algún azar de la vida, él podría convertirse en el viudo más jovencito del mundo; a lo que Juan Pez contestó displicente ante la obviedad de los argumentos que eso era una bicoca comparado con la eternidad del cielo que los esperaba para disfrutar en compañía. 

Por eso, aquel miércoles cuando cumplió una decena de años se armó de valor y decidió hacer publica una propuesta seria de amores jóvenes para con su profesora. Buscó entre el armario de su tío los mocasines charolados de camarero, arrancó trece flores de hibiscus y con ramas de manglar, armó un ramo que le superaba en tamaño el torso entero. Para cuando llegó al muelle de Punta Sur, lugar en el cual cada sábado la Mayte se sentaba con una botella de ron a recitar estrofas de vallenatos como si fueran poemas de Silva, la encontró radiante recostada en las piernas del dueño del picó del Poblado, famoso por sus virtudes como fornicador. 

Una agitación furiosa envolvió al muchacho en un vértigo que lo devolvió a los días de las arcadas, apretó los dientes furibundo y guardando la compostura decidió acelerar el plan y lanzarse en el único cometido que había tenido en su corta vida: Recuperar el oro del galeón San José hundido hace cuatro centurias por corsarios ingleses, para poder pagar su amor desacompasado con la Mayte o perder la vida en el intento.

El galeón, construido por Pedro Arostegui, amante de una bruja de Zugarramurdi que lo triplicaba en edad, habría sido ojeado cuando el vasco emprendió campaña en tierra de indias sin contar con la mujer a quien había prometido sus amores eternos. La furia de la veterana, abrazada por un aquelarre en Xarreta, conjuró al navío, a la tripulación, a su descendencia y cualquier carga que portase desde los confines del mundo.Y todo lo pagado por la familia guipuzcoana de apellido Eslava quienes habrían encargado la nao, zozobró cuando algunos espías que preferían el poderío inglés, delataron el regreso a Cartagena de un gran cargamento de lingotes y monedas de oro proveniente de una feria en Portobelo. Sucedió que los corsarios en el intento de apropiarse del navío, no consiguieron salvar el gran tesoro porque el San José a pesar de sus sesenta cañones, explotó ante el despiadado ataque del Expedition comandado por el capitán Wager. El intento frustrado mandó el galeón español a las profundidades con el capitán José Fernandez de Santillán aun en la proa blandiendo la espada como ultima defensa del tesoro. La leyenda dice que durante los amaneceres brumosos a José suele vérsele navegar sosegado a la espera de alguna amante cimarrona, en una canoa repleta de oro alrededor de las islas aun con la espada en la mano, envuelto por una juventud angelical y una neblina espesa que le impide desembarcar sin asfixiarse hasta convertirse en polvo.

Juan Pez, negro como un tizón, raquítico y de piel escamosa, tenía la cabeza coronada por un tupido afro rubio, era el menor de nueve hermanos, nunca había pisado el continente y por iniciativa propia bebía una taza de agua de mar cada mañana para limpiar las fetideces del cuerpo y de la mente. Sobre las escápulas, dos cicatrices alargadas le recordaban a su madre palenquera que como única explicación, le había dicho que ese par de zurcidos naturales se debían a unas alas muy finas con las cuales había nacido y que su padre, un tal Pepe, marinero de barba dorada y pies palmípedos proveniente del caribe a quien él nunca conoció, se las había mutilado con un cuchillo de sierra cuando empezaban a despuntar como dos crestas de gallo. Así, lleno de coraje y durante el día de su décimo aniversario, con más orgullo propio que humillación hacia su enamorada, dejó los zapatos prestados y las flores atadas a un pilón del muelle con una nota en la que solo se entendía el nombre del firmante, pasó por el rancho para despedirse de su madre y la encontró delirante en una borrachera de chirrinche bailando con la sombra. En la penumbra, Ofelia lo escuchó desaforado explicar cuanto dolor sentía por un amor no correspondido y el plan trazado. Confundida, abrazó al muchacho con tal fuerza como si quisiera devolverlo a sus entrañas y se desbocó en una perorata en la cual evocaba mitos y leyendas piratas para disuadirlo del absurdo plan, pero para él todos esos argumentos solo eran desvaríos de ebriedad y sobreprotección maternal que repetiría hasta caer dormida en el chinchorro. Juan Pez dispuso sobre un costado a su madre para que no se ahogara en vómitos, la besó en la frente, agarró un líchigo y se fue directo hacia Punta Norte, descalzo recorrió el espeso bosque de manglar y palma, atravesó la playa de coral reventado y se adentró en el mar con la naturalidad de quien sale a hacer una caminata vespertina. Con los ojos anegados por lagrimas se fue profundizando en las olas a cada paso, un escalofrío lo estremeció cuando el agua le humedeció los bajos y se le escapó un suspiro cuando le cubrió el ombligo, iba con el corazón descosido, sin miedo y con la idea nítida en la cabeza de llegar al naufragio para extraer tanto oro como pudiese para pagar su amor imposible. Solamente le restaban cinco kilómetros de caminata submarina hacia el norte y novecientos cincuenta metros de desnivel hasta el azul profundo donde reposaba el San José.

Cuando su madre ⎯derruida por una resaca espantosa⎯, distinguió la silueta escuálida de su hijo desdibujada en la bruma del amanecer al salir del agua, se fue de culo. El muchacho arrastraba el cansancio de la vida entera, apenas conseguía tirar del líchigo repleto de morrocotas de oro como si pretendiera con ellas arar un surco en la playa y por las cicatrices de su espalda brotaban dos lineas de agua sangre espumosa que le bajaban por las piernas y se difuminaban en el mar. Como pudo, Ofelia corrió despavorida al encuentro del chico pero siete pasos después, los brotes de espumarajos se transformaron en cascadas de plasma espesa y, sofocado, lo vio caer de rodillas sobre la arena de oro maldito. Boqueaba como un pargo rojo recién pescado.

Juan Pez, igual que su padre, había sido reclamado por el mar. 









miércoles, 11 de mayo de 2022

Pernicia



"Distraerse significa casi siempre cambiar de aburrimiento."

«Charles Régismanset».


Pernicia fue macancán desde chiquito. De esqueleto macizo y andar recio debido a una herencia cavernícola traída desde lo más profundo de la sierra por papá Egidio, a vivir una juventud aficionada a la halterofilia y a engullir cantidades colosales de cerdo frito, huevos duros y tomates salados, a los que atribuía en la alcoba su indomable virilidad. 

Hincaba con firmeza los tacones de unos zapatos de material recién lustrados, afeitado al ras, perfumado con agua de colonia desde las patillas hasta las clavículas y con la infaltable caneca de aguardiente encajada en el bolsillo trasero del pantalón que le había dado, con los años, razón de ser a su mote. Se adentraba en la zona de Santa Maria Morena, recto como un riel pero entumido por dentro. 

⎯Buenos días, don Yuber ⎯lo saludó alguien desde la acera de enfrente pero él en su tiesura ni se percató⎯, y pasó de largo delante de la capilla del Mártir sin persignarse, no porque fuese impío, sino porque las angustias del corazón lo despistaban tanto que ni siquiera conseguía reclamar, con el protocolo correcto a los cielos, el milagro que tanto añoraba. 

Nadie advertía que vagaba de arriba para abajo derruido por una pena de amor espantosa, porque la impostaba con un garbo de dandi pubescente que no conseguía eliminar de su vida a los treinta y siete años. Atisbaba en los zaguanes de las fondas en busca de Segundo Tercero, su serenatero de cabecera y paño de lágrimas, quien muy curtido en los bares de mala muerte había hecho las tablas suficientes para ahora redimirse en los clubes más afamados, tras ser galardonado con una rodillera de oro en el festival radiofónico del despecho. 

Cuando Pernicia lo vio, toda aquella ornamentación de galantería simulada se vino al suelo, sacó la caneca de aguardiente del bolsillo, se mandó sendo trago y corrió a trompicones hacia su encuentro. 

Segundo Tercero le conocía el atisbado, y al verle el semblante abatido en la distancia, rasgó un acorde en Si mayor que reventó los lagrimales de don Yuber ⎯tratamiento formal con el cual se dirigía a su amigo, cliente y compañero de vicios, mientras permanecían sobrios⎯. Pernicia subió los escalones de la fonda de a dos en dos, y como si en ellos hubiese perdido toda la dignidad que le quedaba, llegó hasta la mesa de rodillas.

⎯Don Yuber, ¿otra vez de angustias por la niña Pinina Bonachera?


⎯Esto es un infierno, Segundo. Está donde su abuela ⎯sollozó⎯, no me la pasan al teléfono y me dijeron que la señora tiene una escoba detrás de la puerta, no para ahuyentar a las visitas, sino para darme con ella por si me aparezco por allá.

⎯Sea valiente, hombre. Usted sabe que las rodillas flojas espantan a las muchachas.

⎯Yo sin ella no se que hacer. 

⎯Así ya van varias semanas. Y usted perdonará, don Yuber, pero cada vez está mas langaruto.

Segundo Tercero, flaco, sedentario y barrigudo, se ganaba la vida como acompañante cantor, consejero afectivo y terapeuta de esquina para despechados y enamorados de toda índole, con la única condición de que no faltase el aguardiente en las horas laborales y que el afligido tuviera un corazón limpio. Puntual en las serenatas para quinceañeras y tenaz cumplidor con las necesidades de sus clientes, no dudaba en cantar de fiado si veía que las angustias brotadas del alma del doliente eran diáfanas o si la mujer agasajada tuviese alguna prima de buen ver. Tras su éxito con Angustias de un desvelo, se convirtió en un cantor caro y arisco, requerido por amantes pudientes y pretensiosos o enamorados furibundos de pena, que no dudaban en quemar sus ahorros con tal de conseguir una redención a tiempo. Estos últimos, eran sus clientes preferidos.  

⎯Ni me diga, Segundo. El viernes por la mañana me zampé un tósigo cicatrizante para largarme de este mundo y acabar con este suplicio de una vez por todas, pero solo me dio para pasarme el fin de semana con cagarrinas y sudores en el baño.

⎯Es que esta vez se lució, don Yuber.

⎯Fue solo un error. Me traicionó la lengua.

⎯Hombre, declamarle un poema de amor a la niña Pinina delante de las amigas y llamarla Zulema justo cuando la iba a besar, es una tragedia.

⎯Si no me va a ayudar al menos no me entierre ⎯dijo Pernicia con los hombros gachos⎯. Tenga, tómese un aguardiente.

⎯Don Yuber, son las diez y media de la mañana ⎯respondió con voz mecánica. Descorchó la botella y se bogó la mitad del contenido en grandiosas burbujas transparentes.

⎯Apúrese que ya va a salir del colegio. ¿Tiene algo que me salve de esta?

Segundo Tercero probó algunos acordes.

⎯Ay, hombre, dudo que Angustias de un desvelo lo socorra esta vez.

⎯¡Usted verá, Segundo! Voy al baño y vuelvo ⎯dijo, y se fue agarrándose la barriga⎯, pero yo así no sé vivir.

Tardó una eternidad.

⎯¡Pernicia! Venga y escuche, que no sé si este tema nos funcionará. 

Volvió translucido y sudoroso. Tomó a Segundo por el brazo, vaciaron de dos sorbos lo que quedaba en la botella y salieron tan deprisa que ni siquiera dio tiempo para ensayar el bolero salvador.

⎯Camine, que a esta hora alcanzamos a recortar camino atravesando la plaza.

Cuando se instalaron en frente de una casa sin balcón pero con los porticones abiertos, Segundo Tercero no conseguía arrancar a cantar. 

⎯Apúrese que ya debe venir a almorzar.

Y justo cuando terminó la frase, Pinina giró por la esquina de quiebracanto. Venía con su mochila repleta de libros terciada a la espalda. Pernicia, al verla por el rabillo del ojo, postró una rodilla en el suelo simulando una mirada muy digna hacia la ventana entreabierta como si no hubiese visto venir a la niña a lo lejos.

⎯Cante, Segundo. ¡Cante!

⎯Se equivoca, Pernicia, esto no va a funcionar. Usted ya no está para estos trotes.

⎯¡Cante que ya viene, carajo! 

Sonaba el segundo acorde cuando Pinina Bonachera redujo el paso y llegó muy digna hasta el portal de la casa. Esperó a que terminara la primera estrofa debajo de la ventana y miró sin una sola lagrima en los ojos a la cara suplicante de Yuber. Después, pasó de largo.

⎯Segundo, no entiendo nada. Esta muchacha es más rencorosa que el diablo. 

⎯Pernicia, es que usted no deja hablar, esta es la casa de Zulema.




martes, 12 de junio de 2018

Vallas donde vayas


"Lo que se considera ceguera del destino, 

es en realidad miopía propia."

«William Faulkner».


Trabajar instalado vallas y avisos publicitarios era un oficio que Miyer desempeñaba con gusto y convicción. La labor le exigía absoluta concentración porque requería realizar ajustes milimétricos colgando a grandes alturas. Cuando se paraba en frente de la estructura que soportaría el anuncio, la miraba con respeto y reconocía en ella el poder de una imagen gigantesca. En su más profundo fuero interno, se sentía más artista que los diseñadores de la publicidad, él era quién hacía posible la imagen a los ojos de todos. Concebía cada valla cuál cúpula de la Capilla Sixtina, y su trabajo, el de un Miguel Ángel popular y moderno que afinaba recuadros de imágenes pre impresas como un enorme fresco al aire libre. 

De una caja de cartón sacaba una pila de piezas numeradas que debía armar como un gran rompecabezas. Para ensamblarlas, debía de hacer casar unas minúsculas ranuras con los salientes de las piezas que le rodeaban. Recibía el material dispuesto para instalarlo en columnas verticales y no era hasta el final, unas dos horas y media después de haber empezado, que podía ver la imagen que habían preparado los publicistas y a las que él daba el toque definitivo. 

A Bárbara se le conocía por tener una belleza incomoda. En la medida de sus posibilidades y ambiciones, pensaba que mantener las formas era necesario y una norma inquebrantable para alcanzar lo que quería. Cuando llegó a la sala del centro de convenciones usando un vestido de noche liso, cinco minutos tarde  porque la puntualidad no era uno de sus fuertes, y se detuvo en lo alto de las escalas, sola, todo el salón entró en silencio. La primera mujer que la vio, miró al instante  los ojos de su marido. Otra, sin pensarlo mucho y con sutileza, soltó su copa y agarró el brazo de su acompañante. Una más se desplazo e hizo girar a su chico para que diera la espalda a las escalas de la entrada. Un desasosegado silencio se apoderó del salón.

Miyer había sido invitado por Bárbara para que la acompañara al coctel de celebración del partido político en el que militaba, pero para él la política era un mundo desleal y de rateros que no merecía su atención ni su tiempo. Prefirió entonces aceptar un último trabajo aquella tarde y ocuparse unas horas extras de más. Recibió el encargo para instalar una valla gigante y verificó la ubicación. Se alegró al percatarse de que era cerca de su casa, en el terrado del edificio de enfrente, donde desde hace dos años anunciaban una bebida gaseosa que veía cada mañana desde la ducha de su apartamento. Le ilusionaba tener una imagen nueva, con algo de suerte quizás, una de la última temporada de Victoria Secret. 

La presencia de Bárbara entumeció el lugar. Solamente el anfitrión, viudo, se acercó a ella sonriendo y la saludo afectuoso. Celebraba el triunfo aplastante de su campaña política para alcalde de la ciudad. Las mujeres de sociedad lo definían como un hombre maduro, interesante y muy rico. 

⎯Sí hay algo que tengo claro desde que era un estudiante de derecho, es que la belleza de una mujer siempre otorga un estatus adicional al poder ⎯susurró en el oído de Bárbara el nuevo alcalde de la ciudad mientras la besaba cortésmente en la mejilla. 

Ella, sin pretenderlo ni hacerse de rogar, desde aquella noche asumiría un nuevo rol en el partido. Rápidamente, sería primera dama de la ciudad.

Miyer tardó más de lo acostumbrado con la instalación y terminó cuando ya era oscuro. Algo no encajaba. Le costó colocar la última pieza de aquel rompecabezas gigante. Con el último martillazo, recibió una llamada en su celular. Era Bárbara que, sin dar explicaciones, le dijo que no llegaría para ir al cine.

A la mañana siguiente mientras se duchaba, Miyer veía la imagen que le acompañaría durante los próximos cuatro años. En la valla de ocho metros por tres, un hombre trajeado con el dedo pulgar en alto, la bandera de la ciudad cruzándole el pecho y una sonrisa muy blanca, decía en una frase: “Gracias a Ti.” 



viernes, 21 de febrero de 2014

Prostatectomía


"Anatomia senil de una pasión".

       

Nunca consideré que a mis sesenta y siete años la próstata se inflamaría tanto, que comprimiría la uretra y no me permitiría orinar. No me pasaba por la cabeza alguna idea diferente a la terrible humillación anual del chequeo médico y tampoco me plantee que llegar a perder la próstata me representaría enfrentarme a una nueva forma de sentir.

La mañana de la gran retención, terminó con una visita urgente a la Clínica del Bendito Reparo, en donde sin mucha fanfarria una enfermera diligente, me había instalado una sonda hasta la vejiga ⎯sin anestesia, porque las prisas y el presupuesto estatal no lo permitían⎯. Y en menos de cinco minutos y tras unos cuantos sollozos, me transformé en un impecable hombre elefante con trompa de goma quirúrgica y en un ser leve al que le habían evacuado más de un litro de pis. Una vez superado el repelús del vaciado, de nuevo las entendederas volvían a ser mías. Escuché taciturno a la asistente que me explicó cómo debería administrar la incómoda manguera, que durante las próximas tres semanas sería mi nueva herramienta con la que realizaría el acto de micción. 

Compartía mi entrada en la vejez con una joven y bella estudiante de teatro, que durante una tarde de abril, había conocido en el estreno de su primer recital y que en una noche de junio, se había convertido en mi pareja de amores previos a la ancianidad.

De todo este extraño malestar me queda saber que Magnolia se siente más liviana ahora. Ha dejado por fin las pastillas anticonceptivas y así las manchas en el rostro y el descontrol en el peso, es solo un recuerdo de incomodidades pasadas. Siempre discutimos sobre su uso, pero ella nunca creyó de verdad en la castración a la que me había sometido, para liberarla de la angustia de tener un hijo tarado por culpa de alguno de mis espermatozoides decrépitos. Le aterraba ⎯me decía⎯, quedar embarazada de un bebé que sufriera malformaciones y que por ello, la vida se nos fuera al carajo a tres almas inocentes.

Ella, ahora más tranquila y sonriente me recibe con cara de ilusión. Ya no piensa en mis meadas reprimidas y suele verse relajada centrando su atención en una sexualidad más fluida.

Hoy, meo. No me muero de cáncer, mi niña está rozagante y yo, con la ayuda de algunos medicamentos, me puedo dedicar a mis viejos vicios húmedos. Aunque si he de ser sincero, algo funciona diferente. Una extraña sensación me embarga el alma cada vez que al finalizar los fulgores del amor, estoy seco. Ahora, al parecer, me vengo para adentro.