Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












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miércoles, 11 de mayo de 2022

Pernicia



"Distraerse significa casi siempre cambiar de aburrimiento."

«Charles Régismanset».


Pernicia fue macancán desde chiquito. De esqueleto macizo y andar recio debido a una herencia cavernícola traída desde lo más profundo de la sierra por papá Egidio, a vivir una juventud aficionada a la halterofilia y a engullir cantidades colosales de cerdo frito, huevos duros y tomates salados, a los que atribuía en la alcoba su indomable virilidad. 

Hincaba con firmeza los tacones de unos zapatos de material recién lustrados, afeitado al ras, perfumado con agua de colonia desde las patillas hasta las clavículas y con la infaltable caneca de aguardiente encajada en el bolsillo trasero del pantalón que le había dado, con los años, razón de ser a su mote. Se adentraba en la zona de Santa Maria Morena, recto como un riel pero entumido por dentro. 

⎯Buenos días, don Yuber ⎯lo saludó alguien desde la acera de enfrente pero él en su tiesura ni se percató⎯, y pasó de largo delante de la capilla del Mártir sin persignarse, no porque fuese impío, sino porque las angustias del corazón lo despistaban tanto que ni siquiera conseguía reclamar, con el protocolo correcto a los cielos, el milagro que tanto añoraba. 

Nadie advertía que vagaba de arriba para abajo derruido por una pena de amor espantosa, porque la impostaba con un garbo de dandi pubescente que no conseguía eliminar de su vida a los treinta y siete años. Atisbaba en los zaguanes de las fondas en busca de Segundo Tercero, su serenatero de cabecera y paño de lágrimas, quien muy curtido en los bares de mala muerte había hecho las tablas suficientes para ahora redimirse en los clubes más afamados, tras ser galardonado con una rodillera de oro en el festival radiofónico del despecho. 

Cuando Pernicia lo vio, toda aquella ornamentación de galantería simulada se vino al suelo, sacó la caneca de aguardiente del bolsillo, se mandó sendo trago y corrió a trompicones hacia su encuentro. 

Segundo Tercero le conocía el atisbado, y al verle el semblante abatido en la distancia, rasgó un acorde en Si mayor que reventó los lagrimales de don Yuber ⎯tratamiento formal con el cual se dirigía a su amigo, cliente y compañero de vicios, mientras permanecían sobrios⎯. Pernicia subió los escalones de la fonda de a dos en dos, y como si en ellos hubiese perdido toda la dignidad que le quedaba, llegó hasta la mesa de rodillas.

⎯Don Yuber, ¿otra vez de angustias por la niña Pinina Bonachera?


⎯Esto es un infierno, Segundo. Está donde su abuela ⎯sollozó⎯, no me la pasan al teléfono y me dijeron que la señora tiene una escoba detrás de la puerta, no para ahuyentar a las visitas, sino para darme con ella por si me aparezco por allá.

⎯Sea valiente, hombre. Usted sabe que las rodillas flojas espantan a las muchachas.

⎯Yo sin ella no se que hacer. 

⎯Así ya van varias semanas. Y usted perdonará, don Yuber, pero cada vez está mas langaruto.

Segundo Tercero, flaco, sedentario y barrigudo, se ganaba la vida como acompañante cantor, consejero afectivo y terapeuta de esquina para despechados y enamorados de toda índole, con la única condición de que no faltase el aguardiente en las horas laborales y que el afligido tuviera un corazón limpio. Puntual en las serenatas para quinceañeras y tenaz cumplidor con las necesidades de sus clientes, no dudaba en cantar de fiado si veía que las angustias brotadas del alma del doliente eran diáfanas o si la mujer agasajada tuviese alguna prima de buen ver. Tras su éxito con Angustias de un desvelo, se convirtió en un cantor caro y arisco, requerido por amantes pudientes y pretensiosos o enamorados furibundos de pena, que no dudaban en quemar sus ahorros con tal de conseguir una redención a tiempo. Estos últimos, eran sus clientes preferidos.  

⎯Ni me diga, Segundo. El viernes por la mañana me zampé un tósigo cicatrizante para largarme de este mundo y acabar con este suplicio de una vez por todas, pero solo me dio para pasarme el fin de semana con cagarrinas y sudores en el baño.

⎯Es que esta vez se lució, don Yuber.

⎯Fue solo un error. Me traicionó la lengua.

⎯Hombre, declamarle un poema de amor a la niña Pinina delante de las amigas y llamarla Zulema justo cuando la iba a besar, es una tragedia.

⎯Si no me va a ayudar al menos no me entierre ⎯dijo Pernicia con los hombros gachos⎯. Tenga, tómese un aguardiente.

⎯Don Yuber, son las diez y media de la mañana ⎯respondió con voz mecánica. Descorchó la botella y se bogó la mitad del contenido en grandiosas burbujas transparentes.

⎯Apúrese que ya va a salir del colegio. ¿Tiene algo que me salve de esta?

Segundo Tercero probó algunos acordes.

⎯Ay, hombre, dudo que Angustias de un desvelo lo socorra esta vez.

⎯¡Usted verá, Segundo! Voy al baño y vuelvo ⎯dijo, y se fue agarrándose la barriga⎯, pero yo así no sé vivir.

Tardó una eternidad.

⎯¡Pernicia! Venga y escuche, que no sé si este tema nos funcionará. 

Volvió translucido y sudoroso. Tomó a Segundo por el brazo, vaciaron de dos sorbos lo que quedaba en la botella y salieron tan deprisa que ni siquiera dio tiempo para ensayar el bolero salvador.

⎯Camine, que a esta hora alcanzamos a recortar camino atravesando la plaza.

Cuando se instalaron en frente de una casa sin balcón pero con los porticones abiertos, Segundo Tercero no conseguía arrancar a cantar. 

⎯Apúrese que ya debe venir a almorzar.

Y justo cuando terminó la frase, Pinina giró por la esquina de quiebracanto. Venía con su mochila repleta de libros terciada a la espalda. Pernicia, al verla por el rabillo del ojo, postró una rodilla en el suelo simulando una mirada muy digna hacia la ventana entreabierta como si no hubiese visto venir a la niña a lo lejos.

⎯Cante, Segundo. ¡Cante!

⎯Se equivoca, Pernicia, esto no va a funcionar. Usted ya no está para estos trotes.

⎯¡Cante que ya viene, carajo! 

Sonaba el segundo acorde cuando Pinina Bonachera redujo el paso y llegó muy digna hasta el portal de la casa. Esperó a que terminara la primera estrofa debajo de la ventana y miró sin una sola lagrima en los ojos a la cara suplicante de Yuber. Después, pasó de largo.

⎯Segundo, no entiendo nada. Esta muchacha es más rencorosa que el diablo. 

⎯Pernicia, es que usted no deja hablar, esta es la casa de Zulema.




domingo, 24 de mayo de 2020

El Charco


“Algún día en cualquier parte, 

en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo,

 y ésa, sólo ésa,  puede ser la más feliz o las más amarga de tus horas.”

«Pablo Neruda». 


El vapor que se desprendía del pavimento húmedo colmaba las fosas nasales de Frugal Efrén. Caminaba mortificado por una calle de Santa María Morena, mientras soñaba con Fidelina dibujada en los rosales que adornaban la vera de la acera. Consumido, con el pescuezo devorado por el cuello deshilvanado de la camisa, buscaba frenético la mejor manera para hacerse eterno en el sentir de ella, en lograr que el sueño nocturno se le desdibujase tan sutil como el suyo propio y se le inmortalizara así la divina melancolía de un amor truncado por una distancia insoportable y una comunicación intermitente. En la esquina, cansado de sentir el pecho apelmazado y con la nariz húmeda, derramaba su pasión en delicada letra palmer ante una hoja del libro mayor de contabilidad del granero de don Rubiel, mientras esperaba al esquelético autobús intermunicipal que lo llevaría. 


“Querida Fidelina: 

He decidido arrancarme el corazón, sacarlo con suficiente maña y dejarlo al aire libre sobre una bandeja plástica para que tome el sol y se caliente, será en los días de luna nueva, cuando el gallo no cante y la tierra apenas haya dejado evaporar el rocío. En una maceta, de las viejas que tu madre ponía en la terraza de casa y que después usaba como semillero cuando la planta pedía más espacio, lo sembraré. He visto unos abonos magníficos en donde don Rubiel, estoy seguro de que con ellos pelechará. Lo dejaré retoñar, abrirse paso al cielo, buscar aire y vivir. Cada mañana lo regaré hasta que se haga evidente la vida. Pero no será para mi. Esa maceta que te envío con la presente, es para ti, para que la lleves a todos lados. Ves que es pequeña y no te causará ninguna molestia, porque la  podrás poner junto a tu almohada para dormir, o en el carro; o en la mochila… por si vas de excursión. Si te fijas detenidamente, si lo escuchas con atención, sabrás al instante qué pasa con mi sentir, apreciarás el valor desmesurado de la pasión e incluso podrás ver prosperar en los peores días, una flor unic…”    


El autobús ha pasado tan veloz y próximo a la acera como nunca lo había hecho por la deteriorada calle de la oficina de correos. Sin detenerse para recoger al escribiente, porque éste no levantó la mano, ni se percató de que el aparato se aproximaba zigzagueando raudo entre los baches. Quedó empapado y mudo con un sobre de carta con cierre humectante en el bolsillo. Pringado de pies a cabeza por el agua pantanosa que reposaba en el inmenso charco que tenia en frente, cuando se detuvo a escribir recostado contra el buzón, las ultimas líneas de una carta por desagravios. 

Entumecido, con el rostro y las manos enfangadas, pensaba fijamente en que a las mujeres se les templa el talante con el paso de los hombres que las han querido; y a su vez, la sensibilidad masculina está hecha de retazos que en diferentes momentos han dejado las mujeres que los han amado.

Sin afán ni felicidad, medio des acalambrado, Frugal Efrén hizo una señal con el brazo en alto y paró un taxi dispuesto a pagar la carrera con el dinerito previsto para el envío postal. Limpió el lodo del libro de contabilidad, arrancó la pagina, emburujó la hoja en el puño con la certeza de que ningún quitamanchas eliminaría aquel lamparón del corazón de Fidelina, y la tiró por la ventanilla.




martes, 12 de junio de 2018

Vallas donde vayas


"Lo que se considera ceguera del destino, 

es en realidad miopía propia."

«William Faulkner».


Trabajar instalado vallas y avisos publicitarios era un oficio que Miyer desempeñaba con gusto y convicción. La labor le exigía absoluta concentración porque requería realizar ajustes milimétricos colgando a grandes alturas. Cuando se paraba en frente de la estructura que soportaría el anuncio, la miraba con respeto y reconocía en ella el poder de una imagen gigantesca. En su más profundo fuero interno, se sentía más artista que los diseñadores de la publicidad, él era quién hacía posible la imagen a los ojos de todos. Concebía cada valla cuál cúpula de la Capilla Sixtina, y su trabajo, el de un Miguel Ángel popular y moderno que afinaba recuadros de imágenes pre impresas como un enorme fresco al aire libre. 

De una caja de cartón sacaba una pila de piezas numeradas que debía armar como un gran rompecabezas. Para ensamblarlas, debía de hacer casar unas minúsculas ranuras con los salientes de las piezas que le rodeaban. Recibía el material dispuesto para instalarlo en columnas verticales y no era hasta el final, unas dos horas y media después de haber empezado, que podía ver la imagen que habían preparado los publicistas y a las que él daba el toque definitivo. 

A Bárbara se le conocía por tener una belleza incomoda. En la medida de sus posibilidades y ambiciones, pensaba que mantener las formas era necesario y una norma inquebrantable para alcanzar lo que quería. Cuando llegó a la sala del centro de convenciones usando un vestido de noche liso, cinco minutos tarde  porque la puntualidad no era uno de sus fuertes, y se detuvo en lo alto de las escalas, sola, todo el salón entró en silencio. La primera mujer que la vio, miró al instante  los ojos de su marido. Otra, sin pensarlo mucho y con sutileza, soltó su copa y agarró el brazo de su acompañante. Una más se desplazo e hizo girar a su chico para que diera la espalda a las escalas de la entrada. Un desasosegado silencio se apoderó del salón.

Miyer había sido invitado por Bárbara para que la acompañara al coctel de celebración del partido político en el que militaba, pero para él la política era un mundo desleal y de rateros que no merecía su atención ni su tiempo. Prefirió entonces aceptar un último trabajo aquella tarde y ocuparse unas horas extras de más. Recibió el encargo para instalar una valla gigante y verificó la ubicación. Se alegró al percatarse de que era cerca de su casa, en el terrado del edificio de enfrente, donde desde hace dos años anunciaban una bebida gaseosa que veía cada mañana desde la ducha de su apartamento. Le ilusionaba tener una imagen nueva, con algo de suerte quizás, una de la última temporada de Victoria Secret. 

La presencia de Bárbara entumeció el lugar. Solamente el anfitrión, viudo, se acercó a ella sonriendo y la saludo afectuoso. Celebraba el triunfo aplastante de su campaña política para alcalde de la ciudad. Las mujeres de sociedad lo definían como un hombre maduro, interesante y muy rico. 

⎯Sí hay algo que tengo claro desde que era un estudiante de derecho, es que la belleza de una mujer siempre otorga un estatus adicional al poder ⎯susurró en el oído de Bárbara el nuevo alcalde de la ciudad mientras la besaba cortésmente en la mejilla. 

Ella, sin pretenderlo ni hacerse de rogar, desde aquella noche asumiría un nuevo rol en el partido. Rápidamente, sería primera dama de la ciudad.

Miyer tardó más de lo acostumbrado con la instalación y terminó cuando ya era oscuro. Algo no encajaba. Le costó colocar la última pieza de aquel rompecabezas gigante. Con el último martillazo, recibió una llamada en su celular. Era Bárbara que, sin dar explicaciones, le dijo que no llegaría para ir al cine.

A la mañana siguiente mientras se duchaba, Miyer veía la imagen que le acompañaría durante los próximos cuatro años. En la valla de ocho metros por tres, un hombre trajeado con el dedo pulgar en alto, la bandera de la ciudad cruzándole el pecho y una sonrisa muy blanca, decía en una frase: “Gracias a Ti.”