Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












martes, 12 de junio de 2018

Vallas donde vayas


"Lo que se considera ceguera del destino, 

es en realidad miopía propia."

«William Faulkner».


Trabajar instalado vallas y avisos publicitarios era un oficio que Miyer desempeñaba con gusto y convicción. La labor le exigía absoluta concentración porque requería realizar ajustes milimétricos colgando a grandes alturas. Cuando se paraba en frente de la estructura que soportaría el anuncio, la miraba con respeto y reconocía en ella el poder de una imagen gigantesca. En su más profundo fuero interno, se sentía más artista que los diseñadores de la publicidad, él era quién hacía posible la imagen a los ojos de todos. Concebía cada valla cuál cúpula de la Capilla Sixtina, y su trabajo, el de un Miguel Ángel popular y moderno que afinaba recuadros de imágenes pre impresas como un enorme fresco al aire libre. 

De una caja de cartón sacaba una pila de piezas numeradas que debía armar como un gran rompecabezas. Para ensamblarlas, debía de hacer casar unas minúsculas ranuras con los salientes de las piezas que le rodeaban. Recibía el material dispuesto para instalarlo en columnas verticales y no era hasta el final, unas dos horas y media después de haber empezado, que podía ver la imagen que habían preparado los publicistas y a las que él daba el toque definitivo. 

A Bárbara se le conocía por tener una belleza incomoda. En la medida de sus posibilidades y ambiciones, pensaba que mantener las formas era necesario y una norma inquebrantable para alcanzar lo que quería. Cuando llegó a la sala del centro de convenciones usando un vestido de noche liso, cinco minutos tarde  porque la puntualidad no era uno de sus fuertes, y se detuvo en lo alto de las escalas, sola, todo el salón entró en silencio. La primera mujer que la vio, miró al instante  los ojos de su marido. Otra, sin pensarlo mucho y con sutileza, soltó su copa y agarró el brazo de su acompañante. Una más se desplazo e hizo girar a su chico para que diera la espalda a las escalas de la entrada. Un desasosegado silencio se apoderó del salón.

Miyer había sido invitado por Bárbara para que la acompañara al coctel de celebración del partido político en el que militaba, pero para él la política era un mundo desleal y de rateros que no merecía su atención ni su tiempo. Prefirió entonces aceptar un último trabajo aquella tarde y ocuparse unas horas extras de más. Recibió el encargo para instalar una valla gigante y verificó la ubicación. Se alegró al percatarse de que era cerca de su casa, en el terrado del edificio de enfrente, donde desde hace dos años anunciaban una bebida gaseosa que veía cada mañana desde la ducha de su apartamento. Le ilusionaba tener una imagen nueva, con algo de suerte quizás, una de la última temporada de Victoria Secret. 

La presencia de Bárbara entumeció el lugar. Solamente el anfitrión, viudo, se acercó a ella sonriendo y la saludo afectuoso. Celebraba el triunfo aplastante de su campaña política para alcalde de la ciudad. Las mujeres de sociedad lo definían como un hombre maduro, interesante y muy rico. 

Sí hay algo que tengo claro desde que era un estudiante de derecho, es que la belleza de una mujer siempre otorga un estatus adicional al poder susurró en el oído de Bárbara el nuevo alcalde de la ciudad mientras la besaba cortésmente en la mejilla. 

Ella, sin pretenderlo ni hacerse de rogar, desde aquella noche asumiría un nuevo rol en el partido. Rápidamente, sería primera dama de la ciudad.

Miyer tardó más de lo acostumbrado con la instalación y terminó cuando ya era oscuro. Algo no encajaba. Le costó colocar la última pieza de aquel rompecabezas gigante. Con el último martillazo, recibió una llamada en su celular. Era Bárbara que, sin dar explicaciones, le dijo que no llegaría para ir al cine.

A la mañana siguiente mientras se duchaba, Miyer veía la imagen que le acompañaría durante los próximos cuatro años. En la valla de ocho metros por tres, un hombre trajeado con el dedo pulgar en alto, la bandera de la ciudad cruzándole el pecho y una sonrisa muy blanca, decía en una frase: “Gracias a Ti.” 



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