"La vejez no mejora el corazón: lo endurece"
«Conde de Chesterfield»
Cumplía siete años cuando durante las vacaciones largas del colegio, aprendí a patinar en la empinada calle donde vivía la tía Vesania. Tengo clara la tarde exacta en la que pude sostenerme sobre las ocho ruedas sin tambalearme, erguida y sin chapalear. Fue en el amplio patio trasero de cemento pulido de la casona de la tía, perfecto para deslizarse.
⎯Matilde, quítese esos patines hágame el favor, son de su primo Bernardito y usted sabe cómo se pone cuando le cogen las cosas ⎯me dijo en su tono marcial habitual.
⎯Pero tía, es solo un momento. Vengo ensayando en el colegio con unos patines prestados y ya consigo ponerme recta sin agarrarme. Además, el no los usa desde hace mucho tiempo.
⎯No le repito más, quítese los patines del niño. ¡Me va a rayar el piso!
⎯Pero si estoy en el patio… y es de cemento.
Entrar en razón con la tía Vesania era en general una tarea complicada, pero tratándose de asuntos de limpieza y orden, imposible. La casa en su interior era ultra brillante. Un caserón en medio de un vecindario de clase obrera levantado a pulso, que marcaba la frontera entre las familias supervivientes y las emergentes. Ella hacia parte de las primeras, pero se empeñaba en ser de las segundas y trabajaba como loca embelleciendo su casa con la ilusión de poder morirse respetada y digna.
En calcetines y con los patines en la mano, me deslice sobre el suelo de madera encerada simulando patinar mientras mi tía se dirigió hacia la cocina muy erguida y barriendo lo que yo consideraba polvo imaginario. Libre el camino, abrí la puerta de la calle, me senté en el quicio, anudé de nuevo los patines y zas, como un rayo hacia abajo.
⎯¡Aaaaah..!
Al instante me percaté de que ponerse en pie sobre las ruedas no era patinar. Con una ligera sensación de vértigo y la frescura de la aceleración en la cara, me di cuenta de que aquello sí lo era, o por lo menos se parecía más a lo que había visto en el colegio. De brazos abiertos y sin asidero posible, tomé velocidad en la pendiente, logré esquivar algunos baches y unas raíces de un carbonero que sobresalían entre las juntas de la acera. Las piernas me cimbraban por la rugosidad del cemento y la emoción. Bajé gritando para que las personas se apartaran, aunque alguno debió pensar que era por miedo, pero yo de eso no sufría. Hasta que al final de la calle, después de que se terminara la acera, salté el bordillo, crucé el callejón en frente del potrero y me estampillé contra el contenedor de basuras de la esquina.
Quedé extendida cual larga era en el prado. Y a pesar de que el tortazo me dejó retumbando la cabeza, no pude contener la emoción y se me escapó un bufido de victoriosa supervivencia:
⎯¡Waaau..!
Aunque se me habían roto los volantes de la falda, no me molestó mucho porque desde siempre había odiado los vestidos de muñeca que me ponían cuando venía de visita, sin importar que me quejara pidiendo unos pantalones cortos que nunca me compraron para no parecer machorra. Me raspé las rodillas y una llanta del patín derecho había desaparecido. La tía me va matar ⎯pensé⎯, y ni hablar de mi madre cuando se entere, ella que tanto aboga porque debo ser más femenina, menos brusca.
Cuando recuperé el aliento, subí a casa con lo que quedaba de los patines en una mano y repasándome la humanidad, mientras fracasaba inventándome alguna buena excusa para salvar el pescuezo y evitar una cantaleta de dos días.
Con el corazón henchido de alegría contenida tras recorrer mis primeros cien metros patinando, entré en la sala descalza y cabizbaja, simulando un arrepentimiento que no sentía. Me declaré culpable.
⎯Bernardito, niño, tengo una mala noticia que darte. La nena ha roto tus patines ⎯la tía hizo una pausa forzada, tomó aire y negó con la cabeza en un leve movimiento casi imperceptible⎯. Pero no te preocupes, ya me encargaré yo de que tengas unos nuevos. Hablaré con su mamá y… ⎯terminó la frase con la boca muy próxima al pabellón auditivo, susurrándole algo imperceptible y con la mirada de soslayo fija en mi falda desgarrada.
Mi primo se desesperaba siempre que ella le cuchicheaba al oído. Le hacía sentirse conspirador de algo, decía. Entonces lo vi contestar alejándose un paso y rascándose la oreja.
⎯¡Por dios, Mamá! Matilde no tiene que pagarme nada, y ella es una niña muy limpia ⎯hizo un resignado silencio, abrazó a su madre y continuó⎯. Los patines no me quedan hace mucho tiempo, vieja, ya tengo cincuenta y dos años, ¿recuerda?
⎯Por supuesto que lo recuerdo, mi niño ⎯y se escapó del abrazo, se secó una lagrima escurrida y sacó mertiolate para curarme las heridas. Esparció el medicamento con una gasa y el ardor me hizo tensar los músculos de las piernas. Ni siquiera me sopló las rozaduras.
⎯Te prometo unos patines nuevos, Bernardito. Un accidente lo tiene cualesquiera ⎯dijo en voz alta cuando terminó de hacerme la curación. Luego finalizó la frase con una sonrisa solapada de ojos apagados⎯ … y otra falda de volantes para ti.
Me trajo recuerdos del Barrio El Písamo, cuando aprendí a patinar. Montaba en vestido con pantaloneta debajo . Gracias Andrés!!!! Tus cuentos me fascinan
ResponderEliminarMaravilloso!!
ResponderEliminarIncreíble la influencia del lenguaje en nuestras memorias, fabuloso Andrew :)
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