Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












jueves, 19 de enero de 2023

Juan Pez


"El amor es el espacio y el tiempo 

medidos por el corazón."

«Marcel Proust».


Juan Pez nació con branquias. Creció en barlovento de Isla Grande y se enamoró de la Mayte a los cuatro años sin importar que la mujer lo aventajara en el vivir por cuarenta y dos. A sus siete entendió que los prejuicios del amor solo se resolvían con dinero y desde entonces el galeón hundido de Isla Tesoro se le convirtió en una obsesión. En las mañanas, después de llegar con una canoa a reventar de pargos y jureles, acompañado por tres bogas colorados por el sol, se sentaba en la punta de una roca y se perdía por horas divisando el perfil llano del archipiélago con el caribe al fondo, mientras soñaba con el ajuar de joyería perlada con el cual pensaba ganar los amores de su adorada Mayte.

El día que decidió explicarle a su profesora que sufría de unos retortijones espantosos, sudoración y un hambre de galgo que solo se saciaba cuando la veía entrar a clase, ella caribeña de nacimiento, congoleña de cepa y siempre vestida en faldas de lino blanco, le respondió con una palmadita en el hombro que probablemente todo aquello fuera un paludismo en ciernes o en el peor de los casos un brote de dengue leve, a lo cual él respondió con una madurez impropia para su edad que todos esos achaques solo podían conrresponderse con un mal de amores enquistado, y que si no conseguía saciarlos en su compañía y para toda vida, a él solo le quedaría arrancarse los ojos y aventarse desde el espolón más largo de la isla durante un día de mar de leva. 

Mayte, atípica en la misericordia por oficio, le regaló una sonrisa de tierna compasión y le dijo al niño que el abismo que los separaba era tan grande como cuarenta vueltas al sol, y que debido a ello no solo parecería ser su madre sino su abuela, y que de llegar a casarse por algún azar de la vida, él podría convertirse en el viudo más jovencito del mundo; a lo que Juan Pez contestó displicente ante la obviedad de los argumentos que eso era una bicoca comparado con la eternidad del cielo que los esperaba para disfrutar en compañía. 

Por eso, aquel miércoles cuando cumplió una decena de años se armó de valor y decidió hacer publica una propuesta seria de amores jóvenes para con su profesora. Buscó entre el armario de su tío los mocasines charolados de camarero, arrancó trece flores de hibiscus y con ramas de manglar, armó un ramo que le superaba en tamaño el torso entero. Para cuando llegó al muelle de Punta Sur, lugar en el cual cada sábado la Mayte se sentaba con una botella de ron a recitar estrofas de vallenatos como si fueran poemas de Silva, la encontró radiante recostada en las piernas del dueño del picó del Poblado, famoso por sus virtudes como fornicador. 

Una agitación furiosa envolvió al muchacho en un vértigo que lo devolvió a los días de las arcadas, apretó los dientes furibundo y guardando la compostura decidió acelerar el plan y lanzarse en el único cometido que había tenido en su corta vida: Recuperar el oro del galeón San José hundido hace cuatro centurias por corsarios ingleses, para poder pagar su amor desacompasado con la Mayte o perder la vida en el intento.

El galeón, construido por Pedro Arostegui, amante de una bruja de Zugarramurdi que lo triplicaba en edad, habría sido ojeado cuando el vasco emprendió campaña en tierra de indias sin contar con la mujer a quien había prometido sus amores eternos. La furia de la veterana, abrazada por un aquelarre en Xarreta, conjuró al navío, a la tripulación, a su descendencia y cualquier carga que portase desde los confines del mundo.Y todo lo pagado por la familia guipuzcoana de apellido Eslava quienes habrían encargado la nao, zozobró cuando algunos espías que preferían el poderío inglés, delataron el regreso a Cartagena de un gran cargamento de lingotes y monedas de oro proveniente de una feria en Portobelo. Sucedió que los corsarios en el intento de apropiarse del navío, no consiguieron salvar el gran tesoro porque el San José a pesar de sus sesenta cañones, explotó ante el despiadado ataque del Expedition comandado por el capitán Wager. El intento frustrado mandó el galeón español a las profundidades con el capitán José Fernandez de Santillán aun en la proa blandiendo la espada como ultima defensa del tesoro. La leyenda dice que durante los amaneceres brumosos a José suele vérsele navegar sosegado a la espera de alguna amante cimarrona, en una canoa repleta de oro alrededor de las islas aun con la espada en la mano, envuelto por una juventud angelical y una neblina espesa que le impide desembarcar sin asfixiarse hasta convertirse en polvo.

Juan Pez, negro como un tizón, raquítico y de piel escamosa, tenía la cabeza coronada por un tupido afro rubio, era el menor de nueve hermanos, nunca había pisado el continente y por iniciativa propia bebía una taza de agua de mar cada mañana para limpiar las fetideces del cuerpo y de la mente. Sobre las escápulas, dos cicatrices alargadas le recordaban a su madre palenquera que como única explicación, le había dicho que ese par de zurcidos naturales se debían a unas alas muy finas con las cuales había nacido y que su padre, un tal Pepe, marinero de barba dorada y pies palmípedos proveniente del caribe a quien él nunca conoció, se las había mutilado con un cuchillo de sierra cuando empezaban a despuntar como dos crestas de gallo. Así, lleno de coraje y durante el día de su décimo aniversario, con más orgullo propio que humillación hacia su enamorada, dejó los zapatos prestados y las flores atadas a un pilón del muelle con una nota en la que solo se entendía el nombre del firmante, pasó por el rancho para despedirse de su madre y la encontró delirante en una borrachera de chirrinche bailando con la sombra. En la penumbra, Ofelia lo escuchó desaforado explicar cuanto dolor sentía por un amor no correspondido y el plan trazado. Confundida, abrazó al muchacho con tal fuerza como si quisiera devolverlo a sus entrañas y se desbocó en una perorata en la cual evocaba mitos y leyendas piratas para disuadirlo del absurdo plan, pero para él todos esos argumentos solo eran desvaríos de ebriedad y sobreprotección maternal que repetiría hasta caer dormida en el chinchorro. Juan Pez dispuso sobre un costado a su madre para que no se ahogara en vómitos, la besó en la frente, agarró un líchigo y se fue directo hacia Punta Norte, descalzo recorrió el espeso bosque de manglar y palma, atravesó la playa de coral reventado y se adentró en el mar con la naturalidad de quien sale a hacer una caminata vespertina. Con los ojos anegados por lagrimas se fue profundizando en las olas a cada paso, un escalofrío lo estremeció cuando el agua le humedeció los bajos y se le escapó un suspiro cuando le cubrió el ombligo, iba con el corazón descosido, sin miedo y con la idea nítida en la cabeza de llegar al naufragio para extraer tanto oro como pudiese para pagar su amor imposible. Solamente le restaban cinco kilómetros de caminata submarina hacia el norte y novecientos cincuenta metros de desnivel hasta el azul profundo donde reposaba el San José.

Cuando su madre derruida por una resaca espantosa, distinguió la silueta escuálida de su hijo desdibujada en la bruma del amanecer al salir del agua, se fue de culo. El muchacho arrastraba el cansancio de la vida entera, apenas conseguía tirar del líchigo repleto de morrocotas de oro como si pretendiera con ellas arar un surco en la playa y por las cicatrices de su espalda brotaban dos lineas de agua sangre espumosa que le bajaban por las piernas y se difuminaban en el mar. Como pudo, Ofelia corrió despavorida al encuentro del chico pero siete pasos después, los brotes de espumarajos se transformaron en cascadas de plasma espesa y, sofocado, lo vio caer de rodillas sobre la arena de oro maldito. Boqueaba como un pargo rojo recién pescado.

Juan Pez, igual que su padre, había sido reclamado por el mar. 









3 comentarios:

  1. Linna Milena Mosquera Aguirre26 de noviembre de 2025 a las 8:45

    Es un relato breve, intenso y poético, que te deja pensando en lo que damos por amor y en lo que nunca regresa! 💜

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  2. Me pareció un viaje poderoso: poético, visceral y lleno de imágenes que se quedan pegadas al alma. Sentí la tragedia y la belleza en cada párrafo. Es de esos relatos que dejan un eco profundo…

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