Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












domingo, 8 de octubre de 2023

Flojera



El Doctor Alemany se despertó esa mañana con la sensación de que se le iba a caer un diente.

Recostado en el catre de cobre, pasó la punta de la lengua barriendo la dentadura de atrás hacia adelante hasta que se detuvo en un canino que apenas se balanceaba. No pudo evitar imaginarse por completo desdentado y envejecido. Cincuenta y dos años no es edad para llevar prótesis dental, pensó, en especial si se tiene la boca amplia y se es dentista. Aquel día se levantó taciturno, desalentado. Frente al espejo abrió la boca y reparó en la glotis colorada por la irritación del alcohol que había bebido con Nuria la noche anterior. El colmillo, aunque opaco no tenía mal aspecto. Apretó la mordida y esperó alguna señal de dolor, pero lo único que notó fue un leve desplazamiento del diente que comprimía el primer molar. Se le hacía tarde, a la barba de cuatro días no le caería mal un quinto. Tomó una ducha rápida y salió sin desayunar.

Esperó el autobús en la estación de Horta. Subió y se sentó junto a un hombre pánfilo que masticaba un gajo de una mandarina a medio pelar. Cerró los ojos y el olor cítrico lo envió en el tiempo al patio central del edificio de l´Eixample en donde vivieron los abuelos tras la postguerra. Se sumergió en el recuerdo. Cuando los abrió, divisó el teleférico que colgaba desgonzado entre las torres del puerto como la sonrisa de un pobre diablo desportillado y sintió un escalofrío que le sacudió la quijada. En la estación del museo bajó apurado. Entró al estanco a comprar cigarrillos. Ella estaba ahí, al parecer, la noche y las ginebras con tónica le sentaban mejor que a él. La saludó sin sonreír y salió de prisa. Subió en el ascensor hasta la quinta planta pensando que Laia no lo querría desdentado. El paciente lo estaba esperando. Siento llegar tarde, Manuel, es que tengo el coche en el mecánico y no domino viajar en transporte público, mintió con desgano.

Mientras Manuel le exponía por cuarta vez su problema de halitosis y los motivos ecológicos, orgánicos y ambientales por los cuales no utilizaba crema dental ni enjuague bucal, el dentista lo escuchaba en la lejanía, acongojado, perdido a través de la ventana con la vista fija en una farola que reflejaba, en miniatura e invertida, la imagen del Tibidabo. Algo en el oscilar del diente lo conmovía.

Pasado el medio día fue a comer al bar de siempre: Sopa y pan blando, pidió al camarero. Mientras esperaba, llamó a su madre y le dijo que esa tarde iría a visitarla.

Tomaron café sentados en la cama de ella, con las viejas fotos de la casa de los abuelos extendidas. En una de ellas, papá Galdric sonreía a sus setenta y nueve años con la dentadura completa. Capituló. Decidió volver a casa caminando. Bajó por la Rambla y en el kiosco de las flores, frente a la Boquería, la hija de la dependienta, con la pianola incompleta de dientes de leche, le sonrió.

¿Una rosa para su esposa, señor? 

Le compró el manojo entero sin musitar palabra ni quitar la vista de la boca pueril y mellada de la absurda vendedora de rosas.

Vio venir el autobús de la ruta 45. Escribía una nota en el teléfono que decía: Enamorarse es un acto de generosidad con uno mismo. Conducía una morena y corrió al paradero. Es permitir que una pulsión inestable se libere y, con ella, una descarga de emoción. Levantó la mano en la parada y subió. Amar no es a razón del otro, es una sensación que envuelve en ella toda la intimidad del universo singular. Le extendió el manojo de flores a la conductora. No es el amor el misterio en sí mismo, porqué aunque no lo comprendemos, lo sentimos. Laia le correspondió con los ojos muy abiertos y la boca prieta, tenemos que hablar, le dijo. Así que se sueltan las riendas y el corazón galopa. Alemany reculó, entonces Laia tomó el ramo y sin conseguir contenerse, se le dibujó una sonrisa impecable pero avergonzada, le faltaba el primer molar. 

Cenó en casa otra sopa tibia y pan remojado mientras revisaba la nota que había escrito con la incertidumbre en el estomago de por qué, a un profesional como él, le pasan esas cosas. Masticó despacio y al tragar, concluyó que esta duda nunca viene antes del enamoramiento y jamás existiría sin rendirse en los afectos frente a ella. Cerró los ojos y empezó a canturrear, supo que navegaba a la deriva. Una flojera infame lo embargó y relajó la mordida. El diente aun le hacía compañía.





2 comentarios:

  1. Un buen relato escrito por un excelente y experimentado escritor. La manera de hilvanar el texto es precisa y sabe captar la atención del lector. No sólo puedes captar lo evidente, sino lo que está detrás. Creo que eso se consigue gracias a una escritura muy elaborada y a una estructura muy pensada.

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  2. Que bien cae un cuento de estos en una tarde de invierno como esta.

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Opinión