“Al hablar, al pensar, nos comprometemos a aclarar
las cosas y eso nos obliga a exagerarlas,
a dislocarlas, a esquematizarlas.
Todo concepto es en sí mismo una exageración”.
«José Ortega y Gasset»
Durante una teleconferencia con una directiva y docente de una universidad latinoamericana, hablábamos sobre un articulo de opinión en el cual ella estaba trabajando. Parecía bloqueada. Le propuse por lo tanto detallar un poco más de qué se trataba, para ver si así con un poco de suerte pudiésemos concluir aquello que no le permitía avanzar. Entonces comentó algunos sucesos académicos en su aula de clase, políticos y sociales a lo largo de dos horas de conversación que dieron pie al apunte breve que le envié y que se puede leer a continuación, para ver si así salía del pasmo en cual se encontraba.
PARA EMPATIZAR ES INDISPENSABLE
IMAGINAR Y EMOCIONARSE.
⎯Un apunte breve⎯
La única obligatoriedad que tiene el ser humano es aceptar sus miserias, y a pesar de ellas, intentar hasta lo imposible, para ser mejores personas cada día.
Según propone la primatóloga conservacionista Dra. Jane Goodall ⎯la científica que convivió y estudió a los chimpancés por décadas en Tanzania⎯, la evolución de la especie comienza con el primer acto compasivo hacia el otro. Lo matizo así: cuando otrora época un hombre primitivo enfermaba o se hacía daño, no podía rebuscarse su alimento y moría al no tener que comer. Debió haber, entonces, algún otro ser que lo viese, y ante la situación, sufrir alguna clase de pulsión que lo llevó a imaginar dos cosas: La primera, el miedo que sufría aquel individuo ante su propia vulnerabilidad. Ese ejercicio mental lo puso en la situación del otro y decidió cuidarlo para que no muriera de hambre. La segunda, debió ingeniar una solución para encontrar alguna manera de cuidarse él mismo y al incapacitado, sin morir de inanición en el intento. Reafirma esta idea la antropóloga Margaret Mead al exponer el fósil de un fémur soldado.
Probablemente aquella pulsión compasiva motivase la manada y otras formas de asociación, colaboración y ayuda más adelante. Sí se quiere, nos hizo mejores humanos.
Un grupo de estudiantes de una renombrada universidad conservadora inclusiva, entró como cada martes a clase, medio murmurando con ellos mismos, con las cabezas gachas y los antebrazos recogidos como un rebaño ovejuno y académico de tiranosaurios rex. Ninguno caminaba con la mirada alta rendidos al scroll infinito de sus smartphones. Era una cátedra de humanidades, Desarrollo Humano. Como una “costura” la definían los estudiantes de arquitectura e ingeniería. No lo sabían, pero esa mañana participarían en un ejercicio práctico: Cada estudiante, de manera anónima, escribiría en medio folio, alguna situación triste, impactante o dolorosa que hubiese vivido y que no tuviera reparos en compartir. Una vez terminados, los escritos se vertieron en una forma de tómbola para que, a través del azar, cada uno pasara nuevamente y recogiera alguna de las historias anteriormente escritas. El ejercicio, básico pero constructivo, requería que el lector hiciese un ejercicio empático y que tratase de identificar cómo se sintió el escribiente cuando experimentó la situación expuesta. La respuesta fue sorprendente, arrogante y unánime: “No sabríamos que decir, porque nunca hemos estado en la situación de esas personas para saber que sienten”. Solo una chica con el texto en la mano rompió en llanto y sorprendió a todos, había sacado su propio escrito.
Este suceso, expuesto por la docente, motiva una pregunta que ya venimos haciéndonos hace un tiempo: ¿Es posible que el uso indiscriminado de las pantallas nos esté empezando a incapacitar para emocionarnos, a degradar competencias de autorreflexión, empatía y compasión que han sido fundamentales para la evolución de nuestra especie? Para empatizar es indispensable imaginar y emocionarse. Sin ello, no seremos nunca más mejores personas. Y así eliminaremos de tajo, el fin mismo de la evolución.
Un par de días después, la docente se puso en contacto agradeciendo el texto, me dijo que en cuanto lo leyó, una maravillosa chispa nació en su cerebro, y con un chasquido de dedos simuló el momento preciso y más misterioso en la creación: tuvo una idea. Una musa susurró al oido de su condición de maestra y vio algo para mi inadvertido, algo que admiro profundamente y tal ves me sea razón de esperanza. Decidió que su artículo inicialmente pensado como una crítica social-tecnológica, no estaría enfocado en los alumnos sino en los docentes y se llamaría “Imaginar para que imaginen”, con el fin de animarlos a estimular la creatividad de los estudiantes y así mitigar la perdida acelerada de empatía que al parecer generan las pantallas y tanto espanta.
Ver una oportunidad en donde hay un abismo, es el super poder que tiene el ojo de un profesor vocacional. La intención didáctica y recursiva propuesta por la docencia, con esa fe infinita que sí nos hace mejores personas.
Enfrentamos un desafío significativo, pero siendo optimistas y siguiendo su linea de pensamiento, hemos superado, como especie, peores cosas.
Este apunte breve es un consideración especial a esa directiva, a esa maestra. Gracias.
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