Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












viernes, 30 de junio de 2023

Las Angustias de Miyer


"La desesperación tiene sus propias calmas." «Bram Stoker». 


Lo primero que quise fue romperle un diente con la botella de cerveza de la que estaba bebiendo, luego pensé que con un empujón por las escalas de la fuente de soda bastaría y después, sin más, con un apretón de nalgas la cuenta se saldó. 

Yuriblasdey me pone los nervios de punta, se lo juro, Yesíd. 

Ah, bueno, compadre, eso no es nuevo. Vos ante unos calzones apretados o una enaguas bien holgadas, dejás las rabias, la valentía y la dignidad. 

Me lo dijo convencido sin prueba alguna. Pero está muy equivocado. Que se imagine lo que le de la gana, porque yo, la paz de esa certeza tan intima, no se la pienso dar.

A Yuriblasdey esa mañana la seguí por la calle de Las Damas, de sombra en sombra para no sudar y con un sombrero alón que me cubriese la bemba y que así no se diera cuenta de que la custodiaba. Cuando paró a tomarse un refresco en el Palacio del Jugo, me escondí donde doña Tere siempre lleva los tacones para ponerles tapas. La vi beberse un vaso de un jugo rojo y zamparse dos empanadas con ají. Me encantaba verla caminar apretado. Adoraba pensar en sus cejas minúsculas y remarcadas que había ido depilando desde muy joven y que ahora eran unas imperceptibles líneas de vellos alineados con breves espacios alopécicos intermitentes que rellenaba con un lápiz negro y otros polvos para hacerse ver los ojos más grandes. Dedicación y maña. La adoraba.

Bajó hacia la plaza, más sosegada, con el sol de la media mañana asentado en la nuca y le hice la encerrona por la alcaldía.

Linda, Yesid. Se lo juro, llevaba esa falda de lino rosa que le daba la vuelta por la cadera y mecía con cada paso como si se fuera a evaporar. 

La observé desde el escaño del parque que tiene el letrero en bronce con el apellido de la familia Jaramillo empotrado, como si los poquitos que supieran leer en Santa María Morena necesitaran recordar quienes fueron los donantes de un sentadero para el pueblo. Y le llegó don Ezequiel, el cura; con cara de sermón y el clériman desabotonado. Explicaba a todo el mundo que por esos días el diablo debería estar por el pueblo, que sino, como se entendía tanto calor y tan poquita limosna en el ángelus. Y Yuriblasdey, también sentada pero en la banca impuesta por los Franco, apenas escuchó al cura que siguió con la cantaleta y se acercó al escaño. Ella lo miró desde abajo aun sentada con esos ojos negros de gato y agarro la túnica del cura por el ruedo y empezó para arriba a desabrochar una hilerita interminable de botoncitos negros forrados en la misma tela de la túnica. El padre Ezequiel dio un brinco menudo y eléctrico, apretó debajo del ombligo el catecismo que llevaba en la faltriquera y le hizo una veniecita como si pidiera perdón. Yuriblasdey sonrió maldadosa, se puso en pie y fue a dar de dos zancadas a la fuente de la plaza. Sumergió el pañuelo que siempre lleva para las eventualidades de la moda y se lo puso al padre en el cuello para sofocarle el calor. 

Casi me muero de la ira, Yesíd. Verle esos ojos socarrones y los dedos apretándole el cogote al padre Ezequiel, me jodió la vida. Y empezó el estomago a darme vueltas.

El que reza y peca, empata, compadre.

¡Ah, eso si que no, Yesid! Eso solo tendría sentido si la vida fuera alguna forma de competición en la que pudiéramos ganarle la partida a la güesuda, o al menos igualársela, pero vea usted, por más que lo intentamos con elixires, dietas, pócimas, riegos, masajes, inyecciones y hasta congelaciones; no hay manera. Por ahora la estadística dice que cero de diez y siete mil millones de humanos que alguna vez vivieron en ciento noventa y dos mil años, lo han conseguido.

Ej, compadre, ¿de donde sacás vos eso?

Del almanaque bristol. Lea un poquito y verá. El que peca, peca. Y el que reza trata de mitigar sus culpas con esa forma de onanismo espiritual.

No jodás compadre. Yo rezo pa darle gracias a Dios.

Para agradecer la vida, Yesid, todos estamos a tiempo, rezando o sin rezar. Pero ese asqueroso ya tiene una charola preparada en el infierno y si el cielo no se la da, ya me encargaré yo de que arda la parroquia. 

Y siguieron por la calle Larga hasta una fuente de soda, El Palacio de La Salsa. Conversaron un rato y luego decidieron entrar.

Y yo, ahí. Aguantando callao esos dolores tan espantosos.

Con el sombrero puesto y el ansia en la tripa, entré. Pasé por las mesas de abajo sin saludar, sin tomarme nada y apresurado por los apretones. Subí a la primera planta, pero allá no estaban. Apuré el paso para evitar cualquier accidente y me apunté por las escalas. Arriba lo recibía a uno un mosaico de Chavela Vargas armada con dos revólveres en medio de un guadual, justo al lado de un cuadro descolorido del corazón de Jesús, un calendario de Piel Roja y una begonia llena de colillas de cigarrillo.

Y allá estaban.

Me senté en la primera silla contra la puerta y la vi, de un lado ella y el cura Ezequiel del otro, en una mesa que daba contra el balcón. La falda se veía negra porque el sol entraba por la cristalera de enfrente y de ellos solo se distinguía el perfil. Resoplaba y soportaba la tripa para no perderme una sola nota hasta que no aguanté más, me bajé el sombrero y entré al baño, inmundo estaba. Resolví lo más veloz que pude y volví a salir con la tarea a medias. Seguían allí. 

Charlaron en un tono monótono y a veces risueño, pero siempre en voz baja. Ella no paraba de ordenarse un mechón de pelo detrás de la oreja, de intercambiar el carrizo apretado y de juguetear con una sandalia que le repicaba contra el talón. El cura iba por el cuarto jugo de mora y no paraba de sudar. Ya era medio día. Volví al baño. Que horror. Regresé. 

Y nada que pasaba nada. 

Se arrimaban para decirse cosas y se volvían a separar. Sonaron las campanas de la una y el cura brincó otra vez. Terminó el refresco de un trago, le besó la mano como si ella fuera el obispo y salió caminando con las rodillas muy juntas mientras se abrochaba la túnica de arriba para abajo y se secaba el sudor con el pañuelo de Yuriblasdey.

Ella bebía a pico de botella y pensé lo del diente. Salí al balcón por la puerta de al lado. Un pequeño cúmulo cubría al sol y me arrimé despacio de espalda a la calle y me quité el sombrero. Tomó el ultimo sorbo. Se puso de pie para irse, entonces me vio. Sonrió de oreja a oreja, me besó y me dijo en un tono placido y sin culpa, que se estaba confesando. 

Claro, que otra cosa iba a decir. 

La brisa pego por norte y despejó el sol. La luz entró reveladora y transparentó la falda de Yuriblasdey. Entonces me tomó con fuerza y atrajo hacia sí. Me agarró una nalga como si alberga el universo en ese estrujón. Ahí estaban de nuevo, divinas enaguas que me traen de vuelta a la tranquilidad.




2 comentarios:

  1. Divertido y apasionante como siempre mi querido Viejo Andrew !!! Felicidades mi hermano 🥂 Muy orgulloso de usted

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  2. Como me disfruto estos cuentos, me encantan ,el de hoy tiene un sabor a perversidad fabuloso

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Opinión