"La maldad no tiene por fin esencialmente el sufrimiento del otro,
sino su propio gozo, bajo la forma, por ejemplo,
de un sentimiento de venganza
o de una fuerte excitación nerviosa"
« Nietzsche»
El burro de Jacinto entró al pueblo a paso trotón y con su propietario erguido en la montura, atado de las manos al cabezal de la silla, los pies en los estribos ajustados con pretinas y el sombrero tapando el muñón del cuello que dejaba la falta de la cabeza.
Era el quinto decapitado del mes. Siempre aparecían de forma espeluznante en el pueblo y sin falta, todos llevaban una nota que explicaba la razón de su muerte, en cuatro de ellos la nota decía: Por Maricón. Y en el quinto: Por Bisexual.
⎯¡Otro homossesual que matan en el pueblo!
⎯Pero esto es de locos, papá. Ya son cinco este mes. Y la policía de la vereda no dice nada, no hay sospechas y cada vez los muertos son más. Y se dice homosexual, papá –corrigió Danilo a Don Mariano con cierto retintín en el tono.
⎯Lo capturaremos, hijo. Pero eso es lo que se merecen esos degenerados del demonio por cochinos. ¡Y no me corrija, que yo hablo como me da la gana!
Mariano, alcalde y alguacil de Santa María Morena, era un hombre recio, corto en educación, excampesino, exsoldado, expolicía y exconcejal del partido de la trinidad. Padre de un adolescente al que obligaba a cumplir como monaguillo los domingos en la iglesia de la catedral y que criaba solo debido a una viudez prematura.
⎯¡Ay, papá! Siempre es igual contigo, pobre gente. Entonces, ¿qué harás esta noche?
⎯Saldré a investigar un poco, pasaré por los alrededores a ver si encuentro indicios de los decapitados en los cafetales de la loma
⎯Bien. Yo iré a visitar a Manuela y a limpiar la sacristía, así no tendré tanto trabajo mañana domingo y podremos desayunar en casa de la abuela. Puede que hoy llegue tarde ⎯dijo Danilo al despedirse.
En la periferia, la zona de tolerancia de Santa María Morena la formaba una calle larga, repleta de cantinas y casas de lenocinio, donde los arrieros dejaban las ganancias obtenidas en sus correrías a cambio de amores de paso. Lugar de peleas frecuentes sin consecuencia, era el antro perfecto para malandrines de poca monta y despechados de toda índole. Allí llego Mariano, de paisano y caminando despacio.
Sara, la proxeneta del Gran Sodoma, entregaba en la puerta de su establecimiento máscaras para que los invitados se distendieran de las angustias de la identidad y dependiendo de los gustos y vicios, les indicaba lo más acorde a sus necesidades de divertimento. La sala “Aquí te pillo” estaba a reventar. Mariano entró, se regodeó en los placeres de la lubricidad y la carne sin el suficiente brío para fornicar con un adolescente que lo abordaba con abierto interés. Aturdido por la frustración, se retiró a un rincón y eligió entre los asistentes a su siguiente objetivo: el delgado de la peluca blanca y las plataformas de corcho. Le esperó a que saliera en las caballerizas del burdel donde lo abordó. Rebasado por la lujuria, su monstruo tomó el control y poseyó en reversa al joven debilucho. Envión tras envión su excitación fue en incremento, y en el momento culmen, blandió en el aire el afilado machete que le daría de un tajo el anhelado éxtasis final.
⎯Cochino homosessual, te voy a matar.
⎯¿Homosessual? ¿Papá?
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Opinión