"Anatomia senil de una pasión".
Nunca consideré que a mis sesenta y siete años la próstata se inflamaría tanto, que comprimiría la uretra y no me permitiría orinar. No me pasaba por la cabeza alguna idea diferente a la terrible humillación anual del chequeo médico y tampoco me plantee que llegar a perder la próstata me representaría enfrentarme a una nueva forma de sentir.
La mañana de la gran retención, terminó con una visita urgente a la Clínica del Bendito Reparo, en donde sin mucha fanfarria una enfermera diligente, me había instalado una sonda hasta la vejiga ⎯sin anestesia, porque las prisas y el presupuesto estatal no lo permitían⎯. Y en menos de cinco minutos y tras unos cuantos sollozos, me transformé en un impecable hombre elefante con trompa de goma quirúrgica y en un ser leve al que le habían evacuado más de un litro de pis. Una vez superado el repelús del vaciado, de nuevo las entendederas volvían a ser mías. Escuché taciturno a la asistente que me explicó cómo debería administrar la incómoda manguera, que durante las próximas tres semanas sería mi nueva herramienta con la que realizaría el acto de micción.
Compartía mi entrada en la vejez con una joven y bella estudiante de teatro, que durante una tarde de abril, había conocido en el estreno de su primer recital y que en una noche de junio, se había convertido en mi pareja de amores previos a la ancianidad.
De todo este extraño malestar me queda saber que Magnolia se siente más liviana ahora. Ha dejado por fin las pastillas anticonceptivas y así las manchas en el rostro y el descontrol en el peso, es solo un recuerdo de incomodidades pasadas. Siempre discutimos sobre su uso, pero ella nunca creyó de verdad en la castración a la que me había sometido, para liberarla de la angustia de tener un hijo tarado por culpa de alguno de mis espermatozoides decrépitos. Le aterraba ⎯me decía⎯, quedar embarazada de un bebé que sufriera malformaciones y que por ello, la vida se nos fuera al carajo a tres almas inocentes.
Ella, ahora más tranquila y sonriente me recibe con cara de ilusión. Ya no piensa en mis meadas reprimidas y suele verse relajada centrando su atención en una sexualidad más fluida.
Hoy, meo. No me muero de cáncer, mi niña está rozagante y yo, con la ayuda de algunos medicamentos, me puedo dedicar a mis viejos vicios húmedos. Aunque si he de ser sincero, algo funciona diferente. Una extraña sensación me embarga el alma cada vez que al finalizar los fulgores del amor, estoy seco. Ahora, al parecer, me vengo para adentro.
JAJAJAJA, COMO PUEDE HABER UNA SEXUALIDAD FLUIDA SIN FLUIDOS, Andrés eres fantástico . Mas cuentos por favor
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