⎯Tú no digas nada ni te esfuerces, solo mira para arriba, ya verás como pronto todo el mundo va a estar mirando hacia lo alto y sospechando que algo tenebroso va a pasar.
Provocar. Provocar, era una de las fascinaciones de José, que desde que obtuvo su jubilación prematura del ejército disponía de casi todo el tiempo libre para sus andaduras. Cuando salía a la calle, siempre llevaba un sombrero militar de lana prensada y un bastón para remediar la cojera de su pierna derecha, con el que eventualmente castigaba a los niños que pasan zumbando cerca de él.
⎯¿Ves? Sí no hay que hacer mucho, dame dos minutos más y ya verás que tendremos un tumulto de cotillas lenguaraces asegurando que hay un incendio en el edificio de enfrente, que la cúpula se está desastillando o que vienen aviones a bombardearnos. No falla.
⎯Pero si eres tonto. Como hago para contener la risa. ⎯dijo Carlota casi susurrando.
⎯Tú, piensa que en realidad algo pasa. La clave está en que parezcas curiosa. Así, con los ojos muy abiertos, mira.
⎯¿Tengo que poner esa cara de tontorrón?
⎯Shhh, mira, mira, la señora con la niña, ¡llegarán a casa con tortícolis!
⎯Un día de estos, alguien nos va dar dos trompadas por tus boberías.
La romería fue en aumento. Un albañil, una mujer que venía de hacer la compra, un barrendero, dos monjas, cinco boy scouts, un panadero y un atleta. Todos mirando para arriba.
En aquel mismo momento, por la esquina, giró a gran velocidad un camión de bomberos. Todos, ante el rugir de la potente máquina y el chillido desesperado de la sirena, voltearon para ver el vehículo rojo pasar menos rápido de lo que prometía su estruendosa anunciación. Pero siguió de largo. La pequeña multitud y hasta su compañera de provocación, se fueron atropellados para averiguar qué pasaba con los sofoca fuegos que apagaron la sirena al girar en la esquina.
José, muy digno y maldiciendo su mala suerte, se sostuvo estoico con la mirada en alto. La curiosidad le carcomía para ver que sucedía con los bomberos, pero aguantaba. Los ojos le zigzaguearon en las azoteas vecinas hasta que encontró una columna de humo dibujada sobre un tejado apartado. Tragó saliva y volvió a maldecir, se mordió el labio pretendiendo más curiosidad y estiró el cuello para continuar con su actuación aspirando la atención de quienes ya no estaban. Y de repente, la quijada se le descolgó. Una mano aferraba por el cuello a una mujer rubia, en el quinto piso del edificio que miraba, en frente de él. Entumecido y con su bastón temblando, intentó decir algo, pero ya no había público que atendiera el leve gemido que brotó de su garganta.
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