Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












jueves, 28 de junio de 2012

Pitosín



"El parto es la única cita a ciegas en la que puedes estar seguro

de que conocerás el amor de tu vida."

«Anónimo.»


El día en que Candela quedó preñada, pensaba desesperadamente en Leonel, el cuarto amor de su vida que había abandonado un Jueves Santo en la Procesión del Prendimiento debido a un vencimiento de términos. “Una dama que se respete, no debe esperar más de dieciocho meses a que le pidan la mano” dijo a la enfermera que intentaba ponerle una cánula en el brazo izquierdo.

¡Ay! Doña Candela, yo llevo 7 años con el mismo hombre y nada que se decide a sacarme de la falda de mi madre.

¿Siete años? Mi niña, se va a quedar para vestir santos. Espabile y aproveche ese andar, que pretendientes no le faltarán.

Pretendientes no faltan. Pero, es que yo quiero mucho al Negro.

El pinchazo no inmutó el semblante de Candela que pensaba con una sonrisa socarrona y lastimera, que: para la bobada no hay pomada. Al abrir y cerrar la mano izquierda, las venas se le hinchaban desde la muñeca hasta el bíceps bombeando el suero que caía gota a gota de la bolsa suspendida por un perchero con ruedas. 

Era medio día y una arcada la sacudió en medio de sudores soporíficos. El tufo a estofado hospitalario se colaba por la puerta y pensaba con asco y desgano que el bochorno era el responsable de que las contracciones no tuvieran ritmo. Llevaba dieciocho horas en trabajo de parto y la dilatación del cuello del útero solo rebasaba los dos centímetros.

Al parecer no estaré para asistir su parto doña Candela, van a ser las dos de la tarde y hay cambio de turno en pediatría con alegría contenida, propia de quien termina la jornada laboral, la enfermera reponía la bolsa de solución salina y medicación que debería incrementar las contracciones uterinas.

¿También se va el Doctor Peralta?

Sí, nos vamos todos, pero despreocúpese, que quedará en buenas manos. Nos reemplazarán la enfermera Mireya y el Doctor Yesid.

Yesid, que nombre tan bonito suspiró al cerrar los ojos.

Al quedarse sola en la habitación, con la experiencia y soltura que daba el haber parido tres hijos antes, Candela estiró la mano derecha hasta alcanzar la llave de paso que colgaba de una bolsa de solución salina rotulada en mayúsculas: PITOSÍN. Dio un tirón, y el gota a gota pasó a convertirse en un chorro continuo que se le escurrió entre las venas.

La pitonisa le había dicho que para que el niño tuviera estrella, debía ser sagitario y nacer antes del atardecer.

El primer espasmo, la dejó encogida, con la boca abierta y un grito atragantado.




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