Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












jueves, 12 de julio de 2012

Sospechoso Doble A.


"Pocas cosas son más peligrosas que un ignorante con poder."

«Martha Inés Londoño»


Wenceslao, hombre corto de entendederas y vigilante de profesión, estaba convencido de que la divina providencia lo había puesto en la tierra para hacer justicia y atrapar a los pillos de los centros comerciales. 

Cuando vio entrar a Duván Efrén a la tienda de deportes, a paso corto pero veloz, lo catalogó como sospechoso doble A. Ese tipo de pálpitos pensaba era lo que le hacían diferente de los demás celadores, custodios y centinelas de la ciudad. Se sentía con olfato de perro madriguero para detectar a los rateros de grandes superficies. 

Entrecerró los ojos y lo siguió con la mirada por el pasillo. “Sospechoso sospechando”, le dijo su compañero que venía de hacer la ronda por la segunda planta. “Sí, tenemos un doble A al fondo de la tienda, caminando apretado y con mochila al hombro” dijo Wenceslao. 

Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde y el almacén estaba en el clímax de la jornada. Cuatro largas colas se dibujaban desde las cajas registradoras hacia el interior del establecimiento con clientes atiborrados de objetos rebajados a comienzo de año. 

Un par de minutos después, y de igual manera como entró, Duván Efrén se disponía a salir de la tienda presuroso sin pasar por caja. Wenceslao lo esperaba con los músculos de piernas y brazos tensos, expectante a que silbara la alarma para dar inicio a la anhelada cacería. Pero Duván cruzó la puerta y no pasó nada. Desconcertados, los dos guardias se miraron, y como si de una orden directa se tratara, Wenceslao emprendió carrera tras el sospechoso susurrando para envalentonarse: “… éste es de los listos” 

Perdone, señor. ¡Señor! Tomó a Duván Efrén por el hombro y le dijo que la alarma había sonado al salir. 

¿Alarma? ¿Qué alarma? Yo no he pitado. Tengo prisa, voy a la clase de las seis. 

Mientras esperaba a que el chico abriera su mochila, Wenceslao decía en voz alta, con el corazón retumbándole en el cuello, qué desde que lo había visto entrar y solo por el atisbado, lo había calado. Duván Efrén y el vigilante se convirtieron en el cetro de atención de los transeúntes que visitaban las tiendas en época de rebajas. Lo registró como a un delincuente en la mitad del pasillo. 

Vine a cambiar esta chaqueta, pero no está en mi talla.

Espetó Duván Efrén mientras sacaba del fondo de la bolsa la factura impoluta que indicaba que una mujer, con el mismo apellido de él, había hecho la compra el día de navidad. 

Un apagón dejó a oscuras el centro comercial. Alguien, probablemente por divertimento o angustia, gritó: ¡Fuego! y las cuatro colas del almacén se escurrieron en estampida por las puertas, que sin energía eléctrica, no pudieron contener la multitud asustada. Sólo, veinticinco segundos después y cuando las lámparas iluminaban de nuevo, una mujer mayor y dos chicos de colegio volvieron para pagar los artículos que tenían en la mano cuando salieron corriendo despavoridos. 

Un calorcillo asfixiante subió a las mejillas de Wenceslao, que con la factura en la mano y sin mirar a Duván Efrén, pensaba atarantado por la irritación, que el rubor era un sentimiento traidor.





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