Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












jueves, 7 de junio de 2012

El Pelele



Soy indio evangelizado, prolijo y servicial que en el año de nuestro señor de 1582 fui sustraído de mi América virgen, cuando apenas era un cándido chavalillo. Fui instruido en las artes de la pleitesía y el buen servir por don Alfonso Cieza de Castilla, conquistador presumido y acérrimo que me introdujo en el sagrado mundo de la fe cristiana y la narración. Me trajo a la cuna del imperio y crióme cómo lacayo doméstico, escudero eventual y esclavo refinado. Les pido entonces prestar atención a lo que voy a contar, acaba de acontecer y doy fe de su purísima realidad:

Pasado el medio día de hoy, vi desde la ventana de la casa de mi señor a cuatro damas rozagantes y sudorosas, quienes animadas por el buen vino, manteaban un hombrecillo de trapo en la plaza central de nuestra señora de La Poza. Desvencijado y flojo, al muñeco le llamaban pelele, mientras le cantaban canciones sencillas y dicharacheras que a los jóvenes del pueblo parecía no agradar. La manta, asida por las cuatro puntas, hacía de catapulta del monigote que volaba por los aires cuando el estribillo de la canción llegaba al culmen más animado.

Don Alfonso, sibarita y langaruto, volvía achispado y zigzagueando de la procesión de San Sebastián. Desde la esquina oteó malicioso a las señoras y se fue hacia ellas fanfarroneando sobre sus virtudes para mantear, les hizo chanzas y les hostigó la feminidad dudando de la fuerza con la cual las damas pudiesen alzar un hombre de verdad. Ellas, ni cortas ni perezosas, convinieron permitirle a mi fantoche amo la posibilidad de ser elevado. Templaron la manta y le sacudieron con sorna. Pero mi señor, garboso y enaltecido, se vino arriba y les reclamó más brío. Ellas, con más ímpetu y miradas risueñas, lo elevaron hasta lo alto entonando este estribillo a pleno pulmón: 


"Estaba el pobre pelele, sentadito en una silla 

y estaba escuchando, los chismes de la cocina. 

Su padre le quiere, su madre también. 

Todos lo queremos, arriba con él".


Y allí, cuando el escuálido cuerpecillo de mi señor llegó al zenit tras el último envión, Anaquilia, la más gallarda de las cuatro señoras, guiñó uno de sus azulados ojos y los ocho puños se aflojaron en silenciosa sincronización. Con un sonido seco, como el de un sapo al ser aplastado, el cuerpo de mi amo rebotó en el adobe de la plaza central. 

El tema no pasó a mayores, la plaza estaba vacía y al parecer, nadie más vio botar contra el planeta la humillada humanidad de don Alfonso. Las damas, con una sonrisilla sardónica medio esgrimida, recogieron la manta y se despidieron, no sin antes  sugerirle a mi amo que aprendiese a aterrizar. El, pusilánime en su gallardía, nunca las denunció. Nadie debía enterarse de que cuatro frágiles damas, habían arrastrado por el pueblo la dignidad de un hidalgo menor. 

Pues esto es lo que ha pasado y juro su veracidad. Ya se sabe, como dice Monseñor: La vanidad del hombre inmaduro es el pecado preferido del diablo, y la venganza, un arte que las féminas urden a la perfección.




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