Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












jueves, 26 de abril de 2012

Adios Bolero


... para decirte que tú eres el amor de mis amores.

«Agustín Lara.»      


Resignación lanzó con toda su ira y contra la pared el disco de boleros que le había regalado Egidio la tarde en que le declaró su amor. Un larga duración en vinilo de treinta y tres revoluciones que se reventó en mil pedazos y se esparció por los rincones de la habitación, como muestra de su implacable sentimiento de despecho. 

Desde el interior de uno de los trozos del disco que fue a parar bajo la cama, salió un hombrecillo del tamaño de ocho granos de azúcar, que repeinaba su pelo engominado y se lamentaba por el fuerte impacto que le había dejado fuera de su refugio. “Caramba, vaya golpe. Mi adorada Resignación no parece superar la pena de amor” dijo para sí el cantante pequeñín, cuando se percató con evidente alegría de que al estar fuera del acetato podría conocer a la mujer idolatrada a la que había cantado mil y mil veces sus doce boleros de amor.

“Arriba ese ánimo princesa mía, sabes que las penas de amor son pasajeras y que el tiempo lo cura todo. Hoy es noche de luna llena y no hay congoja que se resista a un bolero romántico” gritó el microcantante desde la alfombra para menguar el desconsuelo iracundo de Resignación, pero pareció no oírle. Llevaba una semana de claustro, de escuchar las mismas doce canciones del álbum y de beber aguardiente como si quisiera que el alcohol limpiase el sentimiento de inquina que llevaba por dentro.

Cuando al fin el sueño y la bebida la vencieron, cayó boca abajo sobre el cubre lecho de encaje que tenía preparado como ajuar. Por los hilos de los volantes de la cama, el bolerista escaló para llegar hasta la enorme cara llorosa y roncadora de su bella durmiente. Se acercó hasta el rostro, subió por la comisura de la boca entreabierta, y por el labio arribó hasta la mejilla derecha. Allí, con cautela y agarrado de una hebra de pelo azabache, alcanzó el zarcillo que le sirvió de escalera para hacerse con el lóbulo carnoso de su amada. En frente del pabellón auditivo, estaba seguro de que ella le podría escuchar.

“Sabes mujer de ensoñación que tus penas son mis tristezas, que no resisto verte sufrir, que no hay hombre que merezca tan preciadas lagrimas” empezó a cantarle uno de los boleros que sabía. Ella entre dormida y despierta, con una mueca de desagrado sacudió la cabeza con la suficiente fuerza para empujar al microcantante al interior de la oreja. 

“Calma niña mía, calma que solo quiero tu amor” insistió el cantor. Pero una segunda sacudida le hizo quedar prisionero en la cera del oído medio de Resignación, que despierta, se levantó de un salto. Fue hasta el baño. Lavó su rostro y frente al espejo, con un bastoncillo de algodón en la mano, imploró musitando poder acallar aquel bolero que escuchaba en su cabeza aun teniendo el tocadiscos apagado y el larga duración destruido. 

Introdujo el algodón al pabellón auditivo. Se juró no derramar una lagrima más. Hizo girar el hisopo con decisión y mientras zanjaba el tema para siempre, susurró para sus adentros: 

“Adiós, bolero”.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Opinión