Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












martes, 25 de mayo de 2010

Sí mal no recuerdo.


Si mal no recuerdo, eran las cinco menos veinte de la tarde. El cielo estaba gris, el perro ladraba como un condenado y yo reposaba al lado de mi abuela sobre una mesa de patas de macana. Ella se tomaba un tinto negro hecho en aguapanela al que le llamaba chaqueta y que me daba a escondidas de mi madre porque los niños de un año y medio no podían tomar café.

La época de diciembre en 1974 aún guardaba un sabor montañero impecable, algo no muy sorprendente para una familia de descendencia arriera, arrastrada por la colonización que entró por los arrabales de Pácora y Salamina. El panorama que desde mi plataforma de madera veía ofrecía un escenario cargado de humedad y de un verde neblinoso que no logro recrear. Algunas vacas en los pastizales de la finca mugían a destiempo en una escala arrulladora y cuando Lupe iniciaba con su bramido postrero, las siguientes se le unían en magna procesión hasta tener un coro en perfecto acorde con el silbido del viento de la tarde. Me le guindo era una finca de altillo, suspendida en el tiempo de las recuas de mulas y las jáquimas; ahora en posesión de una familia de clase media que intentaba proseguir con su afloramiento continuado desde que papá Ernesto dejó el negocio de la arriería, el mismo día que mató a su mula más preciada de un solo puño en la testa. Las chambranas de la casa estaban llenas de plantas floridas, veraneras y besos de novia servían como guarida a las arañas de emes que mi abuela Helena coleccionaba a hurtadillas de sus yernos y a las que concienzudamente les cazaba moscas para el almuerzo.

La abuela Helena para aquella época era una mujer de estatura mediana, ojos grises muy profundos, cabellera a la nuca cargada de canas alisadas por la herencia y una fuerza descomunal que en ocasiones me atemorizaba cuando de un solo tirón me tomaba desde el suelo y me ponía a la altura de sus ojos como si levantara a una gallina para mirarle la cloaca. Fue la primera mujer de la que me enamoré y continúo amando ineluctablemente. Su nariz romana detectaba los olores más sutiles en primera instancia, con un par de golpecillos en las fosas nasales agudizaba el olfato y captaba cada rastro en el ambiente, habilidad que le admiré desde siempre hasta que mis pies, por el uso excesivo de las mismas botas pantaneras azules de todos los días y por mi característica de sudar como un caballo cerrero, empezaron a oler a pandemonio. De ahí en adelante su carisma sagrado que admiraba con fervor se convirtió para mi tranquilidad de muchacho en un verdadero calvario de limpieza y jabones de olor. La abuela, aún de luto por la pérdida del abuelo, a veces se hablaba a solas con la mirada clavada en las nubes, como abstraída en un infinito que para mí eran eternidades y que no disfrutaba en lo más mínimo.

Pasadas cuatro horas después del medio día, en el horizonte se aproximaba una tormenta y aunque no se sentía en el ambiente la menor brizna, la atmósfera estaba cargada de humedad. En la distancia más cercana, en todo el centro del solar del caserón, se encontraba Tere; ella era una mujer delgada que apenas si tenía parentesco con la familia cuando en sus primeros años de juventud adquirió un vínculo casi irrompible con las viejas señoras de la casa al tener amores con uno de sus malagradecidos hermanos; desde la fecha en que rompieron compromisos se decidió bilateralmente que donde estuvieran ellas, La Flaca, como le decían cariñosamente, nos acompañaría. Su presencia era sutil y agradable, especialmente por las deliciosas comidas que sabía manipular con arte legendario y por su hablar ronquete que nos hacía morir de la risa. Aquella tarde tenía un sombrero vueltiao de los que se utilizan en la costa y que evidentemente le quedaba grande, pues, mientras batía la natilla de maíz en la gran paila de cobre, se lo sostenía con la mano izquierda para que no le cayera sobre los ojos.

El tío Carlos Arturo, esposo de la hermana de mi madre, la tía Gloria, pasó por el frente de la mesa y observó con desaprobación cómo me tomaba un gran sorbo de la chaqueta de mi abuela. Ella como siempre y como gran matriarca autoritaria de la familia le clavó su fría mirada a la pequeña y siempre bien engominada cabeza del hombre, quien, a paso corto pero veloz, perpetró la huida hacia la cocina. Cuando desapareció de la vista, su boca, la de mi abuela, esgrimió la misma sonrisa que hasta nuestros días me hace feliz. Giró rápidamente su cabeza y me miró al mismo instante en que un destello fulgurante y una gran explosión invadieron el ambiente, varios gritos aterradores resonaron justo después del impacto del rayo, que por desgracia cayó sobre la raquítica humanidad de nuestra cocinera campestre. Esta es la imagen más certera que tengo de aquel instante: sus pequeños pies se desprendieron del suelo y, como si fuera una hoja de árbol, voló dos o tres metros hacia atrás, aterrizó sobre la espalda emitiendo un quejido como el de un sapo al ser aplastado y la ruana que tenía puesta le cubrió la cara por los siguientes minutos; nunca supe qué pasó con el sombrero. La familia en pleno se demoró en salir del aturdimiento y en identificar que un rayo de tormenta seca acababa de visitarnos en nuestras instalaciones en persona propia de la adorada Teresa. Todos corrieron a rodear a la víctima y yo perdí la atención de mi abuela, quien empezó a gritar como una histérica condenada. El tiempo se congeló, y "Me le guindo" la finca de mis inmediatos ancestros, se clavó en las ínfimas fisuras de mi cerebro sin estrenar como el primer recuerdo de mi existencia.

Ahora que pienso en lo sucedido del mismo modo que lo explicase Marguerite Yourcenar en alguna de sus obras maravillosas, me parece increíble recordar con lujo de detalles la apocalíptica escena; sin embargo, al confrontar detalles con mis familiares cercanos identificamos pequeñas inconsistencias en los recuerdos, hecho que me hace suponer que algo de esta remembranza se ha de haber generado en mi imaginación de niño cada vez que escuchaba a los mayores repetir una y otra vez cómo doña Tere La Flaca, se había salvado en aquel fin de año de quedar achicharrada por un rayo.





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