Cuentos por el mundo.

Porque de las carreras no queda sino el cansancio. Cuentos por el mundo.












lunes, 6 de agosto de 2012

Ensoñación

Los que sueñan de día tiene conocimiento de muchas cosas 
que a los que sueñan de noche se les escapan.

«Edgar Allan Poe»



Socorro entró a la habitación para cambiar las sabanas de la cama de su hermana, quien desde hacía tres años se encontraba en un coma profundo debido a un accidente de tránsito que le había costado la vida a su pareja y dejado a sus dos hijos prácticamente huérfanos. Al ingresar en el cuarto se dispuso una vez más a repetir el consagrado ritual de limpieza y orden a la recamara de Ensoñación. Cada día era el mismo pulular y un desorden deslumbrante que los sobrinos dejaban cuando venían a ver a su madre. Pero lo de la noche anterior, había sido demasiado. 


        Mirando a su hermana rígida tendida en el lecho, Socorro le habló ligeramente irritada. Hermana mía, los niños se han pasado una barbaridad en la visita de ayer después de la cena. Sabes que en las noches no puedo hacerte compañía, y que cuando estoy en casa, les hecho un ojo a los chicos para ver cómo se comportan. Pero esta vez, no había nadie que les controlara el ímpetu y la curiosidad infantil. Ayer, empezaba mi turno más temprano en el bar, y ellos se quedaron solos contigo. Han dejado todo por tierra, incluso han husmeado en tu ropa y el armario. Son unos indiscretos, aunque eso seguro lo han heredado de ti. ¿Recuerdas cuando éramos pequeñas?, te levantabas en las noches a chismorrear en mi ropa para husmear en los álbumes y mi diario que no te dejaba ver, luego lo dejabas todo tirado por el suelo, y no había poder humano que lograra que confesaras tus fechorías nocturnas, no. Tú, cerrada en tus argumentos jurabas y perjurabas que no te habías levantado de la cama ni un instante y que mucho menos lo hacías para vengarte de mí. Es verdad hermanita, estos enanos tuyos han sacado de ti la chismografía y el ánimo para las travesuras. En fin, hoy tengo libre en el bar, así que puedo acompañarte todo el fin de semana, haré la limpieza profunda y reorganizaré el armario y el cajón de tus cosas. 


        Después de la media noche, cuando había terminado el aseo general, Socorro escuchó algunos ruidos que provenían de la habitación de su hermana comatosa, se apuró a verla y la encontró de píe frente al armario, rebujando y tirando por el suelo la ropa de su cajón. No son los niños los que desordenan mi ropa, dijo. Socorro dio un grito de sorpresa y corrió hacia ella profesando un milagro y la abrazó con fuerza. Pero en el mismo instante del contacto, Ensoñación se desplomó entre sus brazos y quedó tendida a los pies de su hermana, que desesperada, le hablaba y zarandeaba sin obtener respuesta alguna. El silencio y la rigidez envolvieron de nuevo a Ensoñación, y la penumbra, a Socorro y la habitación. 


        Pronto, Socorro cambió de trabajo a la jornada diurna y desde entonces, cada noche, silenciosa, ve como su hermana se levanta, camina hasta el armario, abre su cajón y tira parsimoniosa su ropa al suelo. Indaga en el fondo como si buscara algo, y a veces, incluso, le escucha respuestas a los infinitos monólogos en los que ella le explicaba los sucesos y el avance de los niños en el colegio. Había aprendido que si no la perturbaba, no se sumergía de nuevo en el horroroso calvario de espasmos musculares que tanto le compadecía. Entendió que permanecía consciente aunque estuviera tiesa como una tabla, y que en las noches, se aligeraba en una repetida búsqueda gracias a las extrañas virtudes de un perenne sonambulismo infantil.




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