Corría agosto del ochenta y seis cuando cumplía tres años de edad y hacía parte activa de la única guardería infantil que rondaba la zona del barrio, Santa María Morena. Mi profe, una narigona impecable de cachetes abultados, me miraba con interés desde la puerta del salón a la hora del recreo. Hablaba de mis ojos y de mi boca, decía que yo era un angelito, que alumbraba y todo.
La veo como si fuera ayer, siempre con esa sonrisa de marrano y el índice minúsculo apuntando al cielo y diciéndome: “sácate ese dedo de la nariz, un día de estos te vas a arrancar el cerebro por ese agujero”. Y claro, yo si que era un angelito, pero un angelito creciendo y tremendo seria en el que me convertiría después de la gran frustración.
Una mañana cuando preparábamos la presentación del día de la madre en el jardín infantil Demoñitos, decidió la profe que jugaríamos a ser animales del bosque, que escogiéramos ⎯dijo⎯, el que más nos gustara a cada uno y que nos transformáramos en ellos haciendo sus movimientos y ruidos; eso fue rápido, Emilio escogió ser león, Mireya dijo que sería serpiente, Marquitos quiso ser elefante, Yesíd rugió como un tiranosauirio, Lucía chilló y movió los brazos como las alas de un vampiro, y yo, en pleno revoloteo también me descubrí agitando los brazos y corriendo a saltitos por el plato, gritando como un condenado a ritmo pausado pero feliz que era una mariposa. Mis compañeros ni se enteraron ni se rieron, no hablaron ni dijeron, yo ni me inmuté, seguí con los bailes de saltitos hasta llegar donde la profe, le saque la lengua y le dije al oído: “Profe, dígales que yo soy una mariposa”; la profe lo hizo, todos se carcajearon a boca tendida y de ahí en adelante me siguieron llamando Felipe Mariposa. Aquel remoquete me encantó.
El día que la profe nos entregó su cofre lleno de disfraces fue el segundo aviso. Nos llevó al auditorio y nos indicó que podíamos disfrazarnos de lo que quisiéramos. Como una manada de lobos saltamos sobre el baúl y a empellones tomamos en barullo, el que sería nuestro mejor disfraz. Entonces Emilio salió de drácula con unos colmillos de plástico que no le cabían en la boca y casi no lo dejaban respirar, Mireya encontró un tutú y salió bailando como una bailarina coja hasta que cayó estripada contra la caneca de la basura, Marquitos con una peluca y una bolita en la nariz hizo de payaso pin-pin, Yesíd con un mantel amarrado al cuello gritó: “a luchar por la justicia” mientras estiraba los brazos y pasaba rozando a la profe en pleno vuelo, Lucía con un trapo negro del telón de títeres y una escoba en la mano dijo que era la muerte, y yo nuevamente me descubrí algo atípico con un collar de perlas enrolladas en el cuello, sin camisa y con una falda de chapolera bailando frente al espejo. Esta vez el único comentario lo hizo mi profe con una sonrisa contenida: “Lindo Felipe Mariposa”
Llegaba la época que tanto me apasionaba, aquella en que los meses empezaban a tener ese olor magnífico de la navidad y que reconocía apresurado por la terminación silábica, septiembre, octubre, noviembre, diciembre. Mi alegría se escribía con bre como una premonición del niño dios infaltable. Pues corría octubre, exactamente el día de los muertos, o de las brujas, al que desafortunadamente por una imperiosa labor de la iglesia le rebautizaron inicialmente como día de los brujitos y finalmente como de los niños, quitándole el 67% de gracia a la fecha. Pues aquella tarde, tan esperada por todos desde que lo anunciaran una semana antes en el jardín, llegó.
Mi madre intuyendo mi gusto perentorio se esforzó a fondo por un atuendo neutral: iría a rayas y con orejas, sería una cebra. Mi padre, sospechando el futuro, intervino en la decisión. Recurrió a la vieja data y retomó sus mas primitivo sueño reencarnado en la sangre de su sangre, su orgullo propio y gritó tener algo guardado hace mucho tiempo para mi y que era hora de entregármelo.
De este modo llegué al jardín arrastrando unas rojas botas de caucho, una desteñida malla azul olorosa a naftalina con algunos remiendos en las rodillas en hilos rojo, una capita corta en tela de bayetilla y una S en el pecho sujetada con alfileres que se despegaba a trozos.
Papá me dijo que sacara pecho, que gritara que era de acero y que pusiera los brazos en la cintura como mi profe.
La profe me vio, se acercó y evitando ser obvia preguntó de qué era mi disfraz. Yo, en susurro como casi siempre y arrimándome a su orejota le dije en plena frustración mientras miraba de reojo el impecable traje de hada madrina que traía Adelaida: “Profe, mi disfraz es de Super Girl”
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