Gira corriendo a toda velocidad, pisa con fuerza para que las zancadas aterricen seguras en el andén y con el cuerpo inclinado hacia la derecha para contener la inercia generada por la velocidad. Negro, mas bien mulato, se asemeja a un chita en plena persecución. Los iliacos angostos y la amplia rotación de cadera le hacen veloz como ninguno. El viento silba y la gente se apresura para ver que pasará con el felino bípedo que hoy hace de presa. El cazador cazado.
Dos policías de paisano aceleran una Suzuki 250 de dos tiempos. Envenenada para que corra más, apuran la cuarta marcha con media calle de retraso sobre el ratero. Barrigón, Manuel descarga el peso de su panza sobre el tanque de la gasolina, agacha la cabeza para cortar el viento y gira la muñeca mas allá de donde el manillar se lo permite, justo hasta tocar la rodilla con el codo. Mariño, flaco y con camisa de chalís, logra hincar su pelvis contra las protuberantes nalgas del piloto, no se agarra porque eso es para maricones y mantiene una mano en la chaqueta de cuero café que le dejó su tío. Lleva las piernas levitando porque la moto no tiene reposapiés y aprieta los dientes ansioso de no perder el rastro del negro que robó un décimo de lotería al hombre del estanco.
Todos gritan al ver cómo el ladrón es más veloz que la ley sobre ruedas. “Cójanlo”, es el estribillo propio de las persecuciones. Lo dicen todos, quienes quedan a su espalda y los que están delante cuando le dan pista para que pase como un bólido. Despavorido, Efra mira hacia atrás. Les lleva una buena ventaja. Ha de llegar a la octava para bajar en contra dirección. Jadea y los blancos dientes brillan entre la carnosa boca bañada por babaza y sudor.
De pie, frente al ventanal de la casa, lo sigo con la mirada desde que giró. Quiero que siga, quiero que escape, que los gritos se apaguen y ninguno lo detenga. Veo la moto voltear en la esquina. Ahora en terreno llano es más veloz, pero no tanto como Efra. Un toque en la espalda del piloto es la señal que le indica parar. Sin detenerse todavía, Mariño se lanza de la moto, corre un par de pasos mientras saca la mano de la chaqueta. No grita, se detiene y el brazo izquierdo sube hasta la altura del hombro, rota el cuello y guiña un ojo.
Antes de escuchar el sonido, Efra siente un empujón en la cabeza. Debo llegar a la casa, piensa al oír el eco de un fulminante. Se repite dos veces más la explosión lejana y esta vez siente un chasquido pero no experimenta dolor. Reduce las zancadas hasta detenerse mientras sigue pensando en llegar hasta la casa. Creo que me han disparado, concluye. Mira hacia atrás sobre la siniestra al tiempo que con la mano derecha se toca el minúsculo afro por la zona occipital, se baja de la acera, aprieta con el puño el décimo y se sienta con las piernas estiradas dando la espalda a los victimarios. "Ayúdame Dios mío", susurra. Como si fuera de palo y en cadencia, baja la espalda hasta quedar completamente acostado. De pronto se da cuenta que tiene una mejilla contra el pavimento y todo se vuelve oscuro. Mi mamá me está esperando, piensa resignado. Sin hacer esfuerzo para levantarse, muere.
Un taxi, el móvil 0737 se detiene con la señal hecha por el agente flaco. El gordo de las piernas y el taxista de los brazos, embuten el espigado cuerpo de Efraín Alzate Tangarife en el asiento trasero del chevette modelo 91. Azota la puerta, restriega unas gotas de sangre en el suelo con las botas militares que se esconden debajo del hilván de un pantalón vaquero, guarda el billete de lotería en el bolsillo de la camisa y se sube en la parte delantera del carro a cuidar la presa.
⎯Arranque, era un ladrón.
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