"Odiar mejor que aprender"
Es difícil encontrar una guerra que no comience con una comparación. Pocas traiciones no se alimentan de una herida narcisista. No hay ruina íntima que no tenga, en el fondo, una escena envidiosa.
Nuestras sociedades han aprendido a nombrar y listar casi todos sus demonios —violencia, venganza, poder, codicia—, pero evitamos mirar directamente la más propia y doméstica de nuestras miserias: el deseo de que el otro pierda lo que uno no tiene.
La envidia no aspira a poseer; aspira a privar. A diferencia de la ambición, que busca un escalamiento o un ascenso, la envidia prefiere que el otro baje. Por ello es una fuerza destructiva, una pasión que no hace crecer nada, no construye, solo erosiona. Se infiltra en relaciones personales, familiares, en comunidades, en instituciones y en países enteros. Opera en la sombra, en voz baja: celebra el fracaso ajeno, minimiza el logro del otro, sospecha de todo mérito.
Desde el relato bíblico de Caín en Occidente hasta la amarga lucidez de Nietzsche con el resentimiento y la moral de los esclavos, la envidia aparece como un motor oscuro de la acción humana. No mueve hacia un ideal, sino contra un semejante. No es casual que muchas campañas de desprestigio, linchamientos simbólicos y guerras culturales se construyan sobre comparaciones. ¿Quién merece más? ¿Quién ocupa un lugar que “no le corresponde”? ¿Quién debería caer para que yo respire?
Las redes sociales, con todo su poderío, han potenciado las miserias humanas. Han convertido en vitrina pública la belleza y el bienestar, y han propiciado la confusión entre éxito y virtud; con ello, multiplican la escena comparativa. La exposición constante no solo intensifica la envidia, sino que la normaliza. La convierte en hábito, en chiste. No se envidia en silencio; se envidia con sarcasmo, con memes que se convierten, por ejemplo, en campañas de sospecha. Así la pulsión comparativa muta en moral, se disfraza de justicia para atacar a quien destaca.
El daño no es solo social. La envidia, en su oscura persistencia, daña a quien la padece. Refuerza las certezas individuales, deforma la percepción, estrecha el horizonte y vuelve infértil la imaginación. En lugar de preguntarse: “¿qué puedo aprender?” se pregunta en automático “¿cómo lo desmerezco?” En lugar de construir un camino propio, se vigila y se padece el camino ajeno. Es una emoción parásita que consume energía sin producir obra.
En el plano social, hablar de la envidia genera suspicacia. Nombrarla no es justificarla; sin embargo, como un antídoto hecho con base en el propio veneno, mencionarla sí neutraliza su poder. La alternativa es básica y se aleja del positivismo, es más una ética del reconocimiento. Aceptar la diferencia de talentos, ritmos y oportunidades; transformar la comparación en aprendizaje y no en rencor. Donde la envidia pretende derrumbar, el criterio quiere comprender. Donde el resentimiento busca culpables, la responsabilidad busca proceso.
Si la humanidad pretende resolver algo más que síntomas —violencia, polarización y resentimiento— tendrá que girar la mirada hacia adentro, hacia el motor que los alimenta. La envidia no es un vicio menor, ni un pecado capital según la doctrina que se practique; es la gramática del odio cotidiano. Y mientras no se mencione con precisión, seguirá horadando como la fuerza más eficaz para impedir que algo valioso crezca.
Este apunte breve nace del hallazgo de una bacterióloga que, en su tesis doctoral sobre comunidades indígenas amazónicas, identifica la envidia y el chisme como vectores centrales de degradación del tejido social.
Excelente
ResponderEliminarLo que tiene de extraordinario lo tiene de cierto
ResponderEliminarEres un escritor muy versátil, tienes mucho que decir .
ResponderEliminarUfffff! Así o más real. Aplica para cualquier edad, lugar, tiempo, género, religión, o política. En fin para todo.
ResponderEliminarMagnífica reflexión sobre un sentimiento tan común!que bien descrito.Felicitaciones
ResponderEliminarGracias por esta invitación a la reflexión. 🩷
ResponderEliminarWowwww
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